EL ENCUENTRO
El leve pero
inconfundible sonido del intruso intentando tomar el atajo prohibido, le
anunció a María de Jesús que el momento indeseado había llegado. Saltó de la
cama, levantó una de las hojas de la persiana y con sus ojos, entre
somnolientos y sorprendidos, atisbó una torpe figura avanzando en zigzag en la
penumbra de la fría madrugada boyacense.
De inmediato
prendió la luz y ganándole la lucha al pánico, se las arregló para sacar de debajo
de la cama el molinillo y la olla que durante semanas tenía listos en caso de
presencia del ladrón. Meses atrás había recibido el encargo del dueño de la casa
en que vivían en arriendo de hacer toda la alharaca posible para espantar los cuatreros
que descaradamente hurtaron 4 reses sin el menor recato. A cambio de velar por
la seguridad de la parcela, María de Jesús recibía matutinamente una botella de
leche.
A pesar de la
niebla y de la poca luz de la luna, la matrona logró identificar la presencia
del infractor merodeando torpemente entre el ganado. Molinillo en mano y con la
garganta enredada por los nervios, golpeteó sin descanso la olla, gritando con
desespero como justificando la leche consumida durante meses:
- ¡Ladrón, ladrón, Dios te guarde de la tunda que te vamos a dar entre todos! - vociferó sin convicción buscando en vano el respaldo de sus jóvenes
e inofensivos hijos.
Con el primer
berrido, Arcelia y Plutarco, saltaron en la cama. Tanta fue la alharaca que lo
propio hizo Ariosto desde el más allá. Afuera el fulano, en su borrachera, no
daba crédito a la injuria de que era objeto y que ponía en duda su reputación. Mal
aconsejado por el alcohol, tomó la decisión de cortar camino desde el sitio de
farra con sus amigos, hasta la pensión que quedaba al otro lado de la calle
donde vivía solo, ingresando en territorio vacuno rondado por la fantasiosa
mujer que, no sin razón, vio en él a un vulgar ladrón.
La molestia que le
provocó aquella bochornosa situación lo llenó de ira, pero la juma y el barro
en que estaba atascado le dificultó mucho reponerse. María de Jesús seguía
adelante con el revoloteo intentando asustar al intruso pero este, más decidido
que cuerdo, caminaba hacia la casa para poner orden a su buen nombre. Dentro de
la habitación, Arcelia veía como aquella figura de torpe andar, se acercaba a
la ventana para conocer a la autora de tan infames insultos. En un momento
dado, Luís, el intruso y Arcelia, la curiosa, cruzaron por primera vez la
mirada que habrían de repetir infinidad de veces en sus vidas durante los casi 53
años que estuvieron casados.
Corría el año 1957
y la Colombia de esa ápoca decrecía entre la violencia y la mojigatería.
LA MADRE DE ELLA
María de Jesús nació
en la década de los 20. Muy temprano, siendo niña, no tuvo la conciencia
suficiente para entender que la abultada barriga de su madre devino en nada
pues quien iba a ser su único hermano nació muerto ante las precarias
condiciones que se vivían en la región en esa época. Su padre había fallecido meses
atrás y su madre se vio envuelta en un ambiente lúgubre por la ausencia
definitiva de su marido y ahora la pérdida de su segundo hijo. El alma de su
madre sucumbió a la tristeza y su cuerpo lo siguió solo unos meses después,
cuando María de Jesús contaba con tan solo 4 años de edad.
Familiares y
vecinos convirtieron la sala de estar de la casa en sala de velación, mientras la
niña lloraba sin ganas imitando a los demás. María de Jesús no asistió al
entierro de su madre por decisión ajena. Mientras tanto, jugaba en el parque en
medio de una tarde que no sabía de tristezas. Estando en esas, advirtió varias figuras
que se erguían delante de ella: era su tío Vicente Rojas, hermano de su madre, su
esposa Gregoria y sus primos, de los cuales Santos era el mayor de ellos y el
orgullo de la familia. Vicente, con amabilidad fingida, le ordenó recoger su
ropa pues se iría a vivir con él y su familia ante la sin salida que la vida le
presentaba.
Muy pronto, María
de Jesús cambió el juego por las actividades de oficios varios en su nueva
casa, sirviendo a sus primos mayores, a quienes pronto llamaría hermanos, pues
aunque no gozaba de los mismos privilegios de ellos, había entrado a hacer
parte de la familia. Allí, veía como su primo mayor (ahora hermano) Santos y sus
primas (ahora hermanas) eran tratados con mucha más benevolencia, gestando en ella un carácter
servil y abnegado.
Gregoria, la esposa
de su tío, pasó a ser ahora su madre y con ella duraba horas lavando ropa,
almidonándola, planchando, limpiando pisos, preparando alimentos y llevando la
comida a los obreros del campo. Con paciencia, su nueva madre le enseñó también
a leer y escribir y las operaciones básicas de matemáticas. Pasaron los meses y
años y la adolescencia encontró a María de Jesús en medio de quehaceres
domésticos, mientras ordeñaba una vaca. Su cuerpo había evidenciado los cambios
que la naturaleza le tenía deparados y su padre Vicente no tardó en
advertirlos.
-
Te has vuelto una mujercita – le dijo un día
secamente. - Es hora de que atiendas tu propio marido.
Entendió las
palabras pero no la intención de la frase de Vicente, su tío, su padre. Le
preguntó desconcertada a Gregoria por el alcance de aquella determinación y ésta,
impávida, le contestó que dejara la alharaca y el espaviento.
-
Cálmate muchacha. Lo que te viene no es nada diferente al cumplimiento
de la misión de cualquier mujer en este mundo.
Unas semanas
después, comprendió un poco más. Gregoria, su madre adoptiva, la acompañó a
buscar galas nuevas, le aconsejó sobre buenas maneras de comportamiento y cómo complacer
a un hombre en su hogar, omitiendo deliberadamente cualquier información sobre
la intimidad.
La espera no fue
muy larga. Solo un par de semanas después y como parte de los preparativos de
boda, se llevaron a la moza de su natal Firavitova, Boyacá, a la casa de unos amigos
de la familia en la cercana población de Sogamoso. Era la primera vez que María
de Jesús salía de su pueblo y estaba aterrada por la incertidumbre. Allí pasó 2
noches y a la tercera madrugada la llevaron a la iglesia en medio de un coro de
gallos cuyo canto parecía congelado por el frio. La pequeña no lograba entender
cómo en tan corto tiempo la iban a casar con alguien que ni siquiera conocía.
Encajada en un
vestido modesto alquilado para la ocasión, María de Jesús se halló en la
entrada de la iglesia con un ramo de flores plásticas aromatizadas con azahar.
Con solo 14 años encima, miraba para todos lados con el corazón encogido del
miedo por el afán de su familia de madurarla a la fuerza. Pronto vio a Vicente,
su tío, su padre y a Santos, su primo, su hermano, acercarse a ella con galas
dignas del evento. Sin atreverse a preguntar por el hombre que la acompañaría
al altar, su tío - padre la quiso tranquilizar con una frase que resultó aún
más aterradora:
-
Trátala bien Santos. Es una niña, pero confío que te de buena
descendencia.
¿Santos? ¿Santos
Rojas, su primo? ¿Su hermano? ¿Sería ahora su esposo? Sintió desmayarse, pero
un rápido empellón de Gregoria, su tía, su madre y ahora su suegra, la puso de
nuevo en su sitio. Faltaban solo unos minutos para que fueran las 6 de la
mañana, hora de la boda, y entraron rápidamente al templo. Entre apenada y
sorprendida, se colgó del brazo de Santos quien le aventajaba casi 20 años de
edad y varios palmos de estatura. Santos tampoco se veía muy complacido por el
papel que iba a desempeñar.
La relación nació
desprovista de amor y matizada con un interés económico, pues era la
oportunidad de Vicente de tomar un pequeño terreno que había heredado María de
Jesús a la muerte de sus padres. De la noche a la mañana Santos no solo era su
primo, su hermano, sino también su marido, Vicente era su tío, su padre, era
ahora su suegro y sus primas, sus hermanas eran, además, sus cuñadas. Aquel galimatías le hizo intuir a María de
Jesús que su árbol genealógico no era nada fácil de dibujar.
***
Como era de
esperarse, el amor no anidó en el nuevo hogar. Se fueron a vivir a la casa de
unos viejos amigos de la familia, mientras la niña-mujer se preparaba para su nueva
vida. Además de los quehaceres domésticos la indujeron en el arte del manejo de
un hogar desde la sumisa perspectiva femenina que se vivía en una región como
la boyacense a comienzos del siglo XX.
Para el momento del
matrimonio y gracias a la influencia política de Vicente, Santos había pasado
de ser un empleado de la notaría local a ser el notario titular, lo cual se
reflejaba en el buen vestir que lo caracterizaba y en un sueldo que le permitía
aportar económicamente no solo a los gastos del hogar de sus padres y al que
acababa de conformar con María de Jesús, sino también al que tenía
clandestinamente con anterioridad con otra mujer que había enviudado como
resultado de la violencia política del país.
Con los años, María
de Jesús pasó de ser una muchacha experta en nada a manejar con cada vez
mayores aciertos los detalles de un hogar de puertas para adentro. Con 20 años
cumplidos y contrario a lo habitual en época, María de Jesús no conseguía dar
descendencia a Santos. “Son cosas de Dios”,
se disculpaba vanamente María de Jesús ante los demás, mientras en el pueblo se
lo atribuían a las escasas visitas nocturnas que Santos hacía a su hogar.
-
Tu mujer no logra quedar en embarazo. Veo difícil que haya descendencia
por ese lado – le dijo un día Vicente a su hijo Santos - Es mejor que le des un arreglo definitivo
a ese predio que heredó tu esposa desde que era niña.
Aprovechando la
sumisión que caracterizaba a María de Jesús, Santos se las arregló para que firmara
documentos a nombre de Carmen, su prima, su hermana, su cuñada y de un momento
a otro, el último vestigio que representaba el recuerdo de sus padres naturales
se diluyó en un papel sellado de notaría. Avergonzada por el pensamiento de
ingratitud, en ese momento entendió que la invitación de Vicente a vivir con
ellos cuando era niña obedeció a algo más que la compasión de no dejarla sola
en el mundo.
En desarrollo de su
carrera burócrata, Santos fue nombrado Recaudador de Hacienda Municipal en Tocaima,
un pueblo de Cundinamarca con lo cual las perspectivas salariales era mejores.
Alejados de Firavitoba, su pueblo natal y de Sogamoso, marido y mujer tuvieron
la posibilidad de estrechar aún más lazos y no tardó María de Jesús en
confirmar que su cuerpo era apto para la maternidad cuando engendró a su
primera hija, Arcelia, a los 22 años de edad.
Arcelia Rojas se
convirtió en un gran motivo de alegría para María de Jesús, pues con ella no
solo cumplía su sueño de ser madre, sino que además llenaba los momentos de
soledad cuando Santos se ausentaba del hogar. Se sintió doblemente afortunada cuando
su vientre anunció la llegada de su segundo hijo y con esto acalló los chismes
de los pueblerinos quienes veían con sospecha que en tan corto viaje a Tocaima hubiera
regresado con una niña como hija. Plutarco, la criatura que se gestaba, fue una
bendición pero aumentaba su labor en las tareas caseras.
Su vida con Santos
avanzaba como la de cualquier familia de clase media que luchaba por salir
adelante. Si bien la relación no había nacido como fruto del amor, se generó un
sentimiento mutuo de respeto y cariño que duraría hasta el final de sus días
como pareja. Sin embargo, María de Jesús no era ajena a las evidentes ausencias
de Santos y respondía con desdén cuando algún vecino le hablaba de la familia
paralela que Santos tenía.
-
¡Chismoso! – le dijo alguna vez a un tendero
que le preguntó por los supuestos hijos de una relación paralela de Santos - este
pueblo dejará de ser un infierno el día que la gente se ocupe de sus propios
asuntos.
Sin embargo, tantas
habladurías comenzaron a surtir efecto en María de Jesús.
Un viernes santo,
en medio de una lluvia torrencial propia de abril, María de Jesús vivió su
propia pasión. Regresó anticipadamente del oficio católico y dejó la sombrilla
en el zaguán de entrada de la casa para que se secara. No había terminado de
cruzar el dintel, cuando sintió como una ráfaga humana había entrado y se había
robado la sombrilla. Era una sombrilla barata, pero más que eso, lo que enardeció
a María de Jesús era la desfachatez para llevársela.
Santos no estaba en
casa, supuestamente estaba en una correría política por la región, así que,
como pudo, se subió la pollera hasta donde las buenas costumbres y sus fuerzas
se lo permitieron y emprendió la carrera tras la mujer que ahora blandía la
sombrilla para su beneficio. Impulsada por la rabia, María de Jesús alcanzó a
la ladrona 4 cuadras más delante de su casa, cuando una losa lisa de piedra le
hizo resbalar y caer. La agarró por el cuello y la obligó a llevarla a su casa
para reportarla ante sus padres.
-
Desgraciada, ¿no te han enseñado buenas costumbres en casa? ¿Qué clase
de padres tienes que te han hecho una ladrona? –
increpó a la mujer.
Al cruzar la puerta
de la casa de la ladrona, María de Jesús sintió el inconfundible perfume
masculino que caracterizaba su propio hogar. Mientras evocaba a Santos en su
mente como producto del aroma, lo vio sentado en la cabecera del comedor, con
su impecable vestir, aún en días festivos. Se olvidó por completo de la
sombrilla y la ladrona y clavó la mirada en su marido.
-
¿Así me pagas después de haberte dado toda mi juventud? - le reclamó María de Jesús con
aversión, dejando de lado la sumisión que le caracterizaba.
Con más desfachatez
que vergüenza por ser descubierto en su doble vida, Santos se acercó, le dio un
beso en la mejilla y firmemente le ordenó que se fuera para la casa y que
después hablarían del asunto.
Recordando el rito
católico al que acababa de asistir en el que el Mesías es traicionado con un
beso, María de Jesús caminó de regreso a casa con su cruz a cuestas, mientras
el pueblo entero hacía el viacrucis del día santo.
Con Santos de
regreso en casa, María de Jesús habría de enterarse que su marido tenía un
hogar paralelo incluso más antiguo que el suyo y que tenía 3 hijas, todas
mayores que ella misma, que era su propia esposa. El resentimiento y la
desilusión le durarían toda la vida, pero disminuyó cuando en un acto de
sumisión, María de Jesús le permitió visitarla nuevamente en su cama 3 meses
después del infortunado episodio.
La poca fertilidad
era cosa del pasado. Bastó con esa visita para que María de Jesús tuviera
nuevos ánimos en la vida, esta vez con la compañía de Ariosto, que desde sus
entrañas vendría a acompañar a los aun infantes Arcelia y Plutarco.
Una mañana, cuando
María de Jesús se dedicaba invariablemente a sus labores caseras, tuvo un
sobresalto. Se tocó su vientre, recurriendo a su instinto materno, para
asegurarse si el nuevo hijo que se gestaba en sus entrañas estaba bien.
Desde su interior
la criatura le confirmó su bienestar y de inmediato se le vino la imagen de su
marido a la cabeza.
-
¡Santos! - gritó
para adentro mientras se escurría sobre el mesón de la cocina, donde preparaba
el almuerzo.
Una lágrima rodaba
por la mejilla de María de Jesús desde antes que el mensajero le trajera las
malas nuevas desde el hospital del pueblo.
Durante sus cargos
públicos, Santos se había convertido en una figura de influencia del municipio
de Sogamoso, a donde regresó después de su paso por Tocaima. Con el fin de
obtener el favor desde sus nuevas actividades profesionales, Santos era objeto
de constantes agasajos e invitaciones por parte de la comunidad. En una de esas
iniciativas de lambonería, un lugareño lo convidó a un paseo de olla al pozo Aguas
Blancas, con tan mala suerte que una serpiente, en un acto reflejo, mordió a
Santos en la pierna derecha. Intentó resistir en vano, pues bastaron 3 horas
para que abandonara el mundo en medio de inimaginables dolores, justo cuando
comenzaban a practicarle los primeros auxilios en el hospital.
La tarde de ese
mismo día, en la funeraria del pueblo, el cuerpo de Santos recibía la visita de
sus 2 viudas, María de Jesús, la oficial y Carmen, la amada, y de sus 6 hijos,
uno de ellos aún por nacer. El resentimiento era mutuo entre las mujeres, pero
era mayor el afecto por el personaje que en vida les prodigó lo suficiente para
su subsistencia y manutención.
-
Por Dios - pensó María de Jesús - Se repite la historia. ¿Qué nos deparará el
destino?
Se dio cuenta que a
los 4 años había despedido a sus padres y ahora se repetía parcialmente la
historia, pues su hija mayor, Arcelia, despedía a su padre a la misma edad.
María de Jesús tenía
26 años cuando enviudó.
***
La ley benefició a
María de Jesús. Si bien Carmen, la mujer de Santos por muchos años, tenía una
vida asegurada con los bienes que le dejó su marido aun desde antes de casarse,
a María de Jesús le correspondió el derecho a la pensión de viudez.
Con mucha ilusión
cada primero de mes pasaba por el banco a cobrar su pensión de $9 pesos que le
correspondía por ley. Era toda una bendición. Con muchas privaciones, ese
dinero le alcanzaba a la incompleta familia para mantenerse durante 1 mes sin
ningún tipo de lujos, con más limitaciones que abundancia.
María de Jesús no
sabía hacer nada diferente a las actividades del hogar. Además de la pensión
recibió la consideración de los demás, pues se sabía de lo complicado de la
situación, acentuada ahora con la llegada del nuevo hijo, Ariosto. Una pariente
lejana, que además era la madrina de bautizo del pequeño Ariosto, les ofrece
una casa modesta en arriendo en la natal Firavitoba y así vuelve María de Jesús
a su pueblo.
Una mañana, siendo
todavía un pequeño, Ariosto se quejó de un dolor en el bajo vientre y lo
confirmó al orinar. En cuestión de horas la criatura fue presa de alergias y
brotes en la piel. La anomalía se presentó por varios días y se tornó alarmante
cuando en los pies y piernas del niño se formaron llagas y vejiguitas que no secaban
con la harina de trigo que le aplicaban.
La sabiduría pueblerina diagnóstico mal de ojo y los malos consejos la
fueron empujando a un cuchitril donde atendía un curandero tan afamado como
ineficiente que vivía en Iza, una población cercana. Después de constantes
baños en las famosas aguas termales de la región y de ingerir brebajes inmundos
que no producían más que diarrea, un yerbatero les dio la solución final: todo
lo que había que hacer era preparar una infusión a base de patas de grillo
bicéfalo. Lo complicado era conseguir el espécimen.
La compasión por la
azarosa suerte de María de Jesús llevó a la solidaridad del pueblo de buscar un
animalejo que solo existía en la mente del embaucador. Aún es legendaria la
escena en que los cultivos de cebolla y papa de la región se vieron invadidos
por cientos de personas que buscaban en 4 patas un grillo bicéfalo para curar
el mal del pequeño Ariosto, aunque la mayoría de ellos no sabía en realidad qué
buscaban.
Por supuesto, el
grillo nunca fue encontrado y María de Jesús tomo una decisión tan desesperada
como extrema: optó por llamar al médico para una visita domiciliaria urgente.
El galeno, al ver estado del niño y después de conocer que se había apelado a
la ayuda de yerbateros, le dio el regaño de su vida por tan insensato proceder.
Mientras auscultaba al enfermo, Arcelia alcanzó a observar como la mirada del
niño se perdía en una dimensión desconocida y su mano dejaba de apretar la de
María de Jesús. Embelesado por una visión que le venía del más allá, Ariosto se
despedía del mundo con una dulce sonrisa en sus labios.
La imagen del niño
inanimado en una mesa, vistiendo sus mejores galas y con 4 velas alrededor,
impactó tanto a Arcelia que habría de recordarla de cuando en cuando por el
resto de sus días.
María de Jesús en sus años maduros
ELLA, LA CURIOSA
Arcelia tuvo una
niñez que se destacaba por ser completamente normal. No fue una brillante
estudiante, pero sí bastante inteligente, impulsiva, inquieta y no poco indisciplinada.
Perder a su padre a tan temprana edad contribuyó a forjar en ella un espíritu
rebelde y poco conformista.
Debido al precario
estado económico en el que vivía junto con su abnegada madre y gracias a la
gestión de Elvira Castro, pariente cercana de Vicente, obtuvo la preferencia de
asistir a una escuela de Sogamoso llamado Liceo de las Señoritas Rojitas, cuyas
propietarias eran un grupo de 5 hermanas solteronas y rollizas quienes se
vanagloriaban sin fundamento de ofrecer la mejor educación de Sogamoso.
Allí paso toda su
infancia escolar hasta que posteriormente, un día de enero, después de concluir
la primaria, viajó por primera vez en tren en un trayecto que unió la población
de Sogamoso con Paipa después de un corto trayecto de menos de 1 hora. A sus 12
años, se vio junto con su madre, una maleta, un colchón, una mesa de noche y una
ponchera para asearse, tocando la enorme puerta del internado católico en el
que iba a estudiar el bachillerato. La incertidumbre de dejar su casa, su madre
y su hermano Plutarco y enfrentar una vida completamente nueva, la inquietaba
mucho. Estaba allí parada con las piernas temblando del temor y frío, iniciando
una nueva etapa como resultado de una beca que había gestionado nuevamente
Elvira Castro, obtenida en parte por su rendimiento escolar en primaria, pero
sobre todo por la imposibilidad de contar con los recursos para continuar
adelante con sus estudios por cuenta del bolsillo familiar.
A pesar de la bienvenida
de la Hermana Superiora regente del internado, Arcelia se resistía a dar el
paso de entrada. Intuía que su paso por el claustro cambiaría por completo su
vida.
Nunca se pudo
habituar. Con salidas a su casa en vacaciones de mitad y final de año, Arcelia
pasó allí parte de su adolescencia, sin embargo no logró sintonizar totalmente
su vida, de ciertos rasgos rebeldes, con el dogma, la doctrina y la disciplina
férrea de un ambiente religioso.
Los ataques de
indisciplina tuvieron su desenlace final en el grado 3 de bachillerato, cuando
una mañana Arcelia se deslizó sobre el pasamanos de la escalera que conducía del
comedor a los salones de clases del internado, algo que ella, e incluso sus
propias compañeras, hacían cotidianamente y que, por supuesto, no estaba
permitido. Quiso la mala suerte que justo antes de caer al primer piso a
velocidad descontrolada, pasara Teresa, una de las hermanas religiosas del
internado impecablemente uniformada con todos sus atavíos. En segundos, la
hermana cayó al piso con todo su traje desecho por el bólido humano, con la
toca almidonada volteada tapándole la cara y las naguas a la altura de la
cintura, dejando al descubierto todo lo que su pudor religioso le impedía
exhibir. Las compañeras de Arcelia reían desencajadas y la humillación de la
monja fue tal que terminó llorando como una cría y reincorporándose en cámara
lenta. Tan pronto creyó estar compuesta nuevamente, Teresa le propinó a Arcelia
un pellizco de tal magnitud que ella misma, al día de hoy, no lo distingue de
la cicatriz de la vacuna que le aplicaron cuando era niña.
Ese día, Arcelia
estuvo la primera clase castigada la esquina destinada a los estudiantes
traviesos, pero ella intuía que su pilatuna era algo más que eso, una travesura.
Para la segunda hora de clases fue llamada a la rectoría sin posibilidad de
descargos y obligada a ofrecer disculpas a todo el cuerpo de monjas y
religiosas apostadas allí, hincándose ante ellas como si fuera una corte
marcial. La humillación fue desproporcionada a la que ella misma había
infringido a la religiosa horas antes.
Los días siguientes
fueron infernales para Arcelia. Las monjas de labios para afuera habían aceptado
las disculpas de la chica, pero en su interior guardaban rencor y se encargaron
de hacerle la vida insoportable en el internado: la despertaban en las noches
mientras dormía con un chorro de luz de linterna directamente a la cara, le
servían la comida que quedaba pegada a las ollas y la miraban como mandándola
al purgatorio en un viaje sin regreso. Arcelia bajó su rendimiento escolar y se
vio atropellada en sus derechos, que para los niños eran poco reconocidos en
los años 50.
Era habitual en el
internado salir 1 vez al mes a pasear a algunos de los parajes cercanos al claustro.
En una de esas, fueron a la estación del tren construida recientemente y que
era objeto de visitas turísticas locales. El tren a vapor era símbolo de
desarrollo de la región y el país. Estaba recién inaugurada la ruta Bogotá –
Sogamoso y viceversa y algunos, en alarde de capacidad económica, lo tomaban
aunque no tuvieran nada que ir a hacer a Bogotá, solo por el placer de ser
visto abordando el moderno vehículo y exhibir los tiquetes ante las amistades. El
paso del tren bendecía automáticamente con desarrollo, comercio y turismo
cualquier lugar por el que circulara.
Allí, en manada,
las estudiantes del internado ataviadas con su uniforme y un saco de lana extra
para protegerse del frío, veían como el tren de las 4 p.m. se acercaba como un
bólido impetuoso que iba disminuyendo su velocidad paulatinamente hasta
detenerse justo al frente de ellas.
-
Cuidado - decía la monja encargada – que esa máquina devora niñas desobedientes.
Las niñas con cara
de asombro se hicieron pasos atrás. Todas, con excepción de Arcelia que veía casi
hipnotizada cómo el tren abría sus puertas como invitando a un viaje.
-
¡Arcelia!, ¡Tres pasos atrás! – vociferó
Teresa, la monja humillada, con tono castrense.
Permaneció impávida
allí ante el tren.
-
Arcelia - repitió la monja sintiendo como la
sangre se le subía a la cabeza ante la desobediencia de la niña. - Venga aquí inmediatamente.
En completo
silencio y con un aire de rebeldía inusitada, Arcelia sintió una fuerza en su
espalda que la empujó suave pero con firmeza y avanzó decididamente los 8 pasos
que la separaban del tren, aceptando la invitación de subirse por las
escalerillas que conducían a la puerta de entrada al vagón. Se instaló en la
primera silla que encontró junto a la ventana, como cumpliendo un sueño y
acomodó en su regazo la bolsa que llevaba con las medias nueves.
Con el sonido del
pito del tren de fondo y los primeros metros del tren avanzando hacia Sogamoso,
Arcelia vio como la monja, energúmena y enardecía, le gritaba improperios
inaudibles más por el ensimismamiento en que andaba que por el grosor de los
vidrios de las ventanas.
Al llegar a
Tibasosa, el encargado le pidió el tiquete. Ella con la inocencia de una chica
que apenas conoce el mundo, atinó a decir que no tenía. Argumentó que iba para
Sogamoso a ver a su mamá que estaba enferma. El encargado de los tiquetes
sintió compasión por la criatura y no la volvió a molestar en el viaje. Llegó a Sogamoso a las 5 pm y a su casa 15
minutos después.
María de Jesús estaba
sentada frente a la máquina de coser, levantó la mirada al sentir una presencia
no habitual y se quedó de una pieza al verla cuando abrió la puerta.
-
¡Arcelia! ¿Qué te pasó? ¿Por qué no estás en el internado?
-
No sé. No sé cómo llegué aquí- atinó a decir
como despertando de repente del letargo.
Arcelia le contó
con detalles las humillaciones que de las que había sido objeto y que no quería
volver al colegio.
-
Nada de eso muchachita. Bastante me jodí para conseguir esa beca, como
para que ahora se venga a la casa sin terminar estudios, a incrementar gastos y
calentar la cama haciendo nada. No señora. Mañana mismo nos vamos al internado
a rogarles para que la vuelvan a aceptar.
María de Jesús
estaba en muy malas condiciones. La pensión de 9 pesos perdía su capacidad
adquisitiva y ahora con su hija sin beca, el asunto se ponía cada vez más
complicado. Lloró toda la noche pensando qué le iba a decir a la Madre
Superiora para que la recibiera de nuevo.
A las 6 de la
mañana tomaron el tren de regreso a Paipa. Una vez en el internado, no tuvo la
oportunidad de esgrimir ningún argumento ante la monja. Tan pronto abrieron la
puerta, su ajuar estaba listo para la entrega. Se habían esmerado por empacar
bien la maleta, el colchón, la mesa de noche y el platón estaba bien lavado. El
sacristán de la iglesia, en un gesto de piedad, les ayudó a llevar todos los
corotos a la estación del tren.
Se lamentaron todo
el día hasta las 4 de la tarde cuando el tren las recogió nuevamente para
viajar a Sogamoso. De allí en adelante, el panorama se puso sombrío. Arcelia de
16 años había perdido la beca, llegó hasta 3er. grado de bachillerato y el
hogar se llenó de un ambiente de desesperanza.
***
Por intermedio de
un vecino, Arcelia conoció a una monja que había abandonado los hábitos y el
convento y en un arranque de mercantilista contenido por años debido a los votos
de pobreza, montó un almacén de carteras femeninas. Ante la inactividad diaria
que devoraba de a poquito la monotonía cotidiana, Arcelia ofreció su
inexperiencia como vendedora, con tal suerte que pronto se vio mercadeándolas.
Entre semana, el almacén atendía hasta las 12 del día y reabría a las 2 p.m., pero
Arcelia no iba a su casa sólo para no soportar la agobiante cantaleta que, no
sin razón, María de Jesús le prodigaba a diario.
En la dinámica
propia de ese ambiente de ventas, Arcelia se hizo amiga de otra vendedora,
Rafaela, de un local cercano. Con ella medio almorzaba y pronto se hicieron
confidencias. Estaban en situaciones similares, pues Rafaela también había sido
expulsada de la normal de señoritas y perdió el año.
Una mañana Rafaela
le contó a Arcelia que un cura español, amigo de la familia, en medio de los
vinos nocturnos en la sala de su casa comentó que precisaba de la ayuda de 2
maestras para atender cursos de educación básica primaria en la parte de los
llanos de Boyacá, llamada Casanare.
-
¿Y eso que tiene que ver con nosotras? - Inquirió Arcelia.
-
Postulémonos - le dijo Rafaela, con los ojitos
brillando de emoción – de pronto nos va
bien.
-
Estás loca - dijo Arcelia - ¿Maestras de qué? Si nos echaron del colegio.
Bueno al fin y al cabo usted se preparó como maestra, pero ¿y yo?
En medio de la
desidia de la tarde, Rafaela logró convencerla y hasta animarla realmente; al
otro día se pusieron sus más coloridos vestidos y antes de ir a sus respectivos
almacenes, se vieron muy temprano tocando el aldabón de la casa cural. Epifanio
Bastan, el cura, las cogió en el frio despacho.
-
Caramba, que yo me esperaba otras personas, pero ustedes no son más que
un par de chavalas que no saben nada de la vida – dijo
en cura en tosco acento español, cuando se enteró del propósito de las
muchachitas.
El cura no daba
crédito a su mala suerte, pues esperaba maestras con experiencia y curtidas en
el manejo de chicos difíciles, pero sabía que el tiempo no era su aliado en ese
momento.
-
Ustedes no irán a ningún lado a menos que tengan el respaldo y la
compañía de un adulto – sentenció el cura - ¡Ustedes son menores de edad!
-
Yo puedo ir con mi mamá - replicó Arcelia sin
pensar, comprometiendo a su inocente madre.
Su espíritu de vendedoras
salió a flote, pues argumentaron todas las objeciones que interpuso el cura, al
punto que las muchachas lograron convencerlo. Lo que no sabían era que
reemplazarían a las profesoras que la violencia sacó corriendo hacía solo unos
pocos meses, al término del año lectivo anterior.
Con el tiempo en
contra, pues la temporada escolar casi comenzaba, el cura aceptó con cierto
escepticismo. Arcelia corrió a pedir permiso a su madre y de paso invitarla a
que fuera ella la chaperona mientras durara la estadía en Tauramena y además le
ofrecían trabajo como cocinera del cura y el sacristán. En su interior Arcelia
sabía que su madre aceptaría, pues significaría mejores ingresos y también
aliviar el costo de la manutención, pues le ofrecían vivienda y alimentación. Pronto
se vieron alistando lo necesario para emprender el viaje.
-
¿Para dónde me dices que nos vamos Arcelia? –
preguntó la cándida madre mientras pensaba cómo iban a hacer con Plutarco.
-
Tauramena, al otro lado de la cordillera –
respondió Arcelia.
María de Jesús
había oído que esa zona al otro lado de la cordillera, era aún más peligrosa
por la contienda ideológica que existía entre cachiporros y chulavitas, como se
llamaba despectivamente a las guerrillas seguidoras de liberales y
conservadores, respectivamente y que desangraban el país. Pero decidió no
predisponer a su hija y se tragó su preocupación.
Habló con la madre
de un compañero del colegio de Plutarco y acordaron que el niño se quedaría
allí con ellos mientras duraba el viaje a Tauramena que se preveía por lo menos
de 1 año. María de Jesús se deshizo en agradecimientos hacia la familia que
acogía al niño y mientras se despedían, las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Desde la puerta de su nueva casa, Plutarco veía descorazonado como su madre y
su hermana lo dejaban bajo el cuidado de unos desconocidos, como quien deja un
canasto a guardar.
Una amiga le
facilitó a Arcelia ropa y zapatos para estar mejor presentada y solo unas horas
después, junto con Rafaela, abordaron por primera vez en sus vidas una pequeña
avioneta cuyos pasajes fueron pagados por el cura. 20 minutos más tarde,
llegarían a Tauramena en una pista del ejército desde donde se divisaban los
galpones en los que mantenían presos ilegalmente cientos de campesinos acusados
de ser cachiporros (guerrilleros liberales) o al menos de auxiliar a sus simpatizantes.
En destartalado
campero, fueron trasladadas a la sede donde vivirían: una vivienda de tapia
pisada a media calle de la casa cural, en la que el polvo había anidado tras la
huida del tiempo. La violencia dejó todo como quieto, en una tarde en la que la
modorra tomó posesión del lugar. Estaba abandonada desde que los chulavitas
(fuerzas irregulares conservadoras), con el beneplácito tácito del comandante
de policía local, forzaron a sus habitantes a un recorrido interminable por el
galpón que aglutinaba a decenas de hombres inocentes y otros más inocentes aún.
De eso hacía ya 6 meses y la policía le había dado al cura posesión del predio
para su usufructo. La violencia vivía su apogeo y eran tiempos de Rojas Pinilla.
Al otro día, muy
temprano, el cura anunció por el parlante dirigido a los 4 puntos cardinales
del pueblo que se abrían los cupos para que las madres registraran a sus hijos
en la escuela primaria. Anunció con gran entusiasmo que el profesorado renovado
y de espíritu juvenil ya estaba en el pueblo listo para impartir conocimiento.
Arcelia y Rafaela
tuvieron 2 días para preparar sus clases. Desde operaciones básicas de
matemáticas hasta los primeros trazos para que los alumnos aprendieran a
garabatear su nombre. Las profesoras se tomaron confianza, después de todo,
¿qué podría salir mal? Son solo unos pequeñuelos que manejarían a su antojo.
El primer día de
clases vieron hombres pero no niños. Los jayanes tomaron puesto de a 3 por mesa
y miraban a las educadoras con aire entre respetuoso, escéptico y coqueto.
Arcelia y Rafaela casi
se desmayan al ver a los muchachones todos mayores que ellas. Pensaban que los
estudiantes eran niños menores de 10 años, pero en su lugar se encontraron con
estos camajanes entrados en años. ¿Quién iba a pensar que estos hombrachos
capaces de partir una ternera en 2 de un solo golpe eran completos iletrados? Pronto
comprenderían que la guerra los tenía demasiado ocupados en menesteres no
propios del mundo de la pedagogía. Bueno, no de la pedagogía académica, pero de
si de la militar.
Durante 2 días, Arcelia
había practicado la manera como le llevaría la mano a un niño en el tablero,
practicando con la barra de cal los primeros trazos de las letras. No debe ser
mayor problema. El rubor acentuó sus ya coloradas mejillas cuando se imaginó
tomar la mano de semejantes hombres. Menuda muchacha de 1.60 de estatura y 45
kilos de peso no se iba a medir con hombres que la doblaban en masa. Su rechazo
a la idea le duró exactamente el mismo tiempo en darse cuenta que por lo menos
por ese año, no tenía regreso a Sogamoso.
Acostumbrada a la
pedagogía férrea, Arcelia y Rafaela usaban métodos bastante ortodoxos para la
época: la guadua era un elemento tan esencial como la tiza, el tablero y los
pupitres. Siempre a la vista de los hombres, para disuadirlos de mal
comportamiento, pero sin atreverse a usarlos. En cierta ocasión, Arcelia se
salió de casillas por la grosería de un estudiante, se atrevió a levantar la
guadua contra él y cuando la tenía en el aire el malnacido la detuvo justo
antes de que cayera en su humanidad.
-
No se equivoque conmigo, profesora. Ni siquiera se atreva a levantarme
la voz. Por mucho menos que eso 15 de mis enemigos miran para adentro.
Arcelia quedó
helada, de una pieza. Justo cuando se estaba sintiendo con la confianza de
pisar más fuerte respaldada por su condición de letrada y maestra, bajó de
nuevo la guardia y el instinto le ordenó mantener la compostura ante los
alumnos. No de otra manera llegaría a fin de año.
Tiempo de experimentar la docencia en Tauramena.
Al cabo de un año, con una condición económica más cómoda producto del trabajo de madre e hija, rechazaron continuar en la actividad y optaron por volver a Sogamoso. Rafaela, por su parte, congenió con un lugareño acomodado al punto de matrimonio, con lo cual decidió quedarse en los llanos. Una celebración de 3 días con cerveza, música y mamona fue suficiente para sellar la ceremonia religiosa. María de Jesús y Arcelia no asistieron al jolgorio pues tenían un hermano e hijo que recoger.
Con un abrazo que
casi quiebra los huesos de un Plutarco mal alimentado, María de Jesús juró en
silencio no volver a separar a ningún miembro de la familia mientras ella fuera
la cabeza del hogar, aún ante la más dura situación económica que pudiera
vivir.
La experiencia
produjo en Arcelia una personalidad firme, aguerrida, a cumplir a cabalidad los
compromisos que asumía. Estaba dispuesta a medírsele a lo que fuera con tal de
lograr sus metas. Fueron los tiempos en
que Ulpiano Gómez amigo de la familia de
tiempos anteriores y que editaba una publicación periódica con noticias y algo
de publicidad, la recibió a ella y su hermano de regreso a Sogamoso con trabajo
en su taller limpiando uno a uno los tipos que se usaban en la publicación del
día. Paralelamente, tuvo la oportunidad de trabajar en una notaría gestionando
documentos, entrenarse escribiendo a máquina, a diligenciar recibos de
consignación en bancos y todo esto sumado fue suficiente para que una
influencia de Ulpiano se la llevara a trabajar en la Empresa de Servicios Públicos
de la alcaldía municipal. Eso le dio un respiro a ella, su madre y su hermano,
pues el sueldo era bueno, fijo y a término indefinido.
ÉL, EL INTRUSO
Los 3 miembros de la
familia tuvieron días de relativa tranquilidad económica. Vivían en una casa
semi-rural en alquiler en las afueras de Sogamoso y allí los días eran
llevaderos y armoniosos Los pesos de la pensión de María de Jesús y el fruto
del trabajo de Arcelia permitía que en la noche los 3 pudieran conciliar el
sueño de manera rápida. Además, recibían del dueño de la parcela una botella de
leche diaria, a cambio de fungir como vigías de la seguridad del predio, pues
algunos cuatreros habían robado algunas reses y la situación era desesperante.
Una madrugada
sabatina, el leve pero inconfundible sonido de un intruso intentando tomar el
atajo prohibido, le anunció a María de Jesús que el momento indeseado había
llegado. Saltó de la cama, levantó una de las hojas de la persiana y con sus
ojos, entre somnolientos y sorprendidos, atisbó una torpe figura avanzando en
zigzag en la penumbra de la fría madrugada boyacense.
De inmediato
prendió la luz y ganándole la lucha al pánico, se las arregló para sacar de
debajo de la cama el molinillo y la olla que durante semanas tenía preparados
en caso de presencia del ladrón. A pesar de la niebla y de la poca luz de la
luna, la matrona logró identificar la presencia del infractor merodeando
torpemente entre el ganado. Molinillo en mano y con la garganta enredada por
los nervios, golpeteó sin descanso la olla, gritando con desespero como
justificando la leche consumida durante meses:
-
¡Ladrón, ladrón, Dios te guarde de la tunda que te vamos a dar entre
todos! - vociferó sin convicción buscando en vano el
respaldo de sus jóvenes e inofensivos hijos.
Con el primer
berrido, Arcelia y Plutarco, saltaron en la cama. Tanta fue la alharaca que lo
propio hizo Ariosto desde el más allá. Afuera el fulano, en su borrachera, no
daba crédito a la injuria de que era objeto y que ponía en duda su reputación.
Mal aconsejado por el alcohol, tomó la decisión de cortar camino desde el sitio
de farra con sus amigos, hasta la pensión que quedaba al otro lado de la calle
donde vivía solo, ingresando en territorio vacuno rondado por la fantasiosa
mujer que, no sin razón, vio en él a un vulgar ladrón.
La molestia que le
provocó aquella bochornosa situación lo llenó de ira, pero la juma y el barro
en que estaba atascado le dificultó mucho reponerse. María de Jesús seguía
adelante con el revoloteo intentando asustar al intruso pero este, más decidido
que cuerdo, caminaba hacia la casa para poner orden a su buen nombre. Dentro de
la habitación, Arcelia veía como aquella figura de torpe andar se acercaba a la
ventana para conocer a la autora de tan infames insultos. En un momento dado,
Luis, el intruso y Arcelia, la curiosa, cruzaron por primera vez la mirada que
habrían de repetir infinidad de veces en sus vidas durante los casi 53 años que
estuvieron casados.
Al instante, el
intruso fue identificado por María de Jesús. Era uno de los evangélicos como
los llamaban el pueblo, aunque el mismo Luis Prieto había declarado
abiertamente no serlo. Desde los once años, edad en la que su madre, Dolores, lo
dejó solo en el mundo tras su muerte, Luis vivió constantemente con el familiar
más cercano que tuviera a la mano. Su padre, José Luis, optó por acompañarlo a
la distancia a lo largo de su vida lo cual generaría en Prieto una sensación de
soledad y abandono. Muchos años después, la vida le daría la oportunidad de
perdonar con nobleza la ausencia de su padre, cuando José Luis se acercaba ya
al final de sus días.
Largas temporadas entre
Bogotá y Sogamoso vivió Luis con sus tías Josefina y Olga e igualmente con los
primos de su padre, los evangélicos Rafael, Octavio y Eduardo Moreno Hernández.
Justamente por andar con ellos fue que, gratuitamente, se ganó el apodo de “evangélico”.
Octavio en particular, durante su estadía en los Estados Unidos en los años 40
y 50, obtuvo el título de Pastor después de prolongadas noches hilvanando y
deshilvanando parábolas, salmos y enseñanzas bíblicas y practicando
incompresibles sesiones de exégesis y hermenéutica bíblica. Se sintió con la
obligación espiritual de abrirle los ojos a sus paisanos y a mediados de los
años 50 regresó a instalar el reino de los cielos en medio de la tierra fría de
Sogamoso en inmediaciones del colegio Americano. La primera iglesia evangélica
de Sogamoso se debió a los esfuerzos de Octavio Moreno.
-
“Los hermanos separados han llegado a Sogamoso” – anunció con desdén
el cura desde el púlpito de la iglesia católica – “con ellos no vale la pena ni gastar un saludo”.
La frase lapidaria
fue suficiente para que el resto del pueblo volteara la mirada cuando los Moreno
aparecían por la plaza de Sogamoso. Rodeado de este ambiente de prejuicios
creció Luis. En su interior pensó que si él tenía que ser de alguna religión
sería de la católica, pero el pueblo no lo pensaba así.
-
Si vives con Evangélicos, hablas con evangélicos, comes con
evangélicos, ¿qué más puedes ser sino un evangélico? –
razonaba el pueblo con respecto a Luis.
A él, el tema no
le generaba inquietud alguna. Una vez consiguió trabajo, abandonó el hogar de
sus benefactores por años y se fue a vivir solo en la pensión del costado sur
de la plaza de Sogamoso.
Gracias a influencias
de los hermanos Moreno Hernández, Luís trabajaba en la Empresa Siderúrgica
Nacional Paz del Río, en el vecino municipio de Belencito. Todos los días,
llegando del trabajo, Luis bajaba del tren y tenía que pasar por el frente de
la casa de Arcelia, pero a partir del bochornoso accidente, las miradas
furtivas de parte de Luis hacia el interior de la casa se hicieron cada vez
menos desprevenidas y en la misma medida, María de Jesús y Arcelia buscaban evitar
cualquier tipo de encuentro por el temor que tenían de ser demandadas por injuria
y calumnia, sin contar con la inmensa vergüenza por la equivocación. No ocurrió
lo mismo con Plutarco quien, desprovisto de prejuicios, se paseaba por los
alrededores en su bicicleta cruzándose innumerables veces con Luis. Después de
muchos encuentros, terminaron saludándose con afabilidad al punto que un día
Arcelia vio a Plutarco leyendo el periódico que usualmente llevaba Luis debajo
del brazo, mientras Luis paseaba en la bicicleta de Plutarco.
-
Vean a estos dos, – pensó Arcelia para sus
adentros – ahora resultaron amigotes,
mientras nosotras pagamos escondederos para sacarle el cuerpo.
A Luis poco le
interesaba la bicicleta de Plutarco. Su finalidad era acercarse más a la
familia, al parecer hipnotizado todavía por la mirada que le fue propinada esa
noche a través de las hojas de las persianas.
Por esos días
Arcelia tuvo la posibilidad de cumplir uno de sus sueños y era el de instalar
una tienda para que su madre pudiera generar más entradas económicas además de
las que ya generaba ella misma en la empresa de servicios públicos. En la
tienda, además de elementos básicos de consumo diario, se ofrecía tinto, café y
aromáticas cultivadas en la parte trasera de la casa. La excusa del tinto
vespertino en la tienda de Maria de Jesús, era perfecta para adentrarse
físicamente en terrenos de la familia Santos y Luis no la desperdició.
Invariablemente, Luis
llegaba con sus amigotes mexicanos, italianos y españoles compañeros de trabajo
en Paz del Rio y se daban unas dosis legendarias de café inéditas hasta el
momento solo con el pretexto de hacer tiempo para que por la puerta apareciera
Arcelia precedida del aura que Luis creía ver cuando ella se acercaba. En sus
años maduros, Luis llegó a culpar de su tardío insomnio a esa cantidad de tinto
consumido en años mozos. Por su parte, Arcelia se peleaba con su propia madre
para evitar atender a Prieto. Llegó incluso a solicitar cambio de entrada y
salida de su trabajo habitual en las Empresas Públicas de Sogamoso para no
tener que toparse con Luis.
Corría en ese
momento el mes de noviembre del año 1957, 3 años después de que Rojas Pinilla, en
su política de modernización del Estado, tuvo la, para ese entonces, novedosa idea
de otorgar a la mujer el estatus de ciudadana y por tanto ejercer el derecho a
votar. Y no solo eso, la mujer tenía,
además, el deber de desempeñar como jurado de mesas de votación y Arcelia, al
ser empelada pública fue pionera en el tema.
La cita en urnas
tenía realmente la intención de refrendar mediante plebiscito el acuerdo del
Frente Nacional pactado entre los partidos Liberal y Conservador, buscando la
alternancia del poder durante los siguientes 16 años, como mecanismo para dar
por terminada la época de la violencia. Nadie podría siquiera imaginar que, a
la larga, esa decisión traería más violencia aún a nuestro país por
discriminatoria de otras vertientes políticas.
Conocedora de la
importancia de ese domingo 1 de diciembre de 1957, Arcelia vistió nuevas galas.
Intuía un gran cambio, sin imaginar que el mayor cambio sería para ella misma. Muy
temprano, camino al punto de votación, Arcelia repasaba de memoria todo lo que
tenía que hacer como jurado de votación. La jornada transcurrió sin novedades
en Sogamoso.
Hacia el mediodía,
en un descanso para almorzar, Arcelia se apartó a una zona verde aledaña al
recinto de votación. Todavía no sabe si fue el azar o un seguimiento
deliberado, pero pronto se encontró frente a frente con Luis, ahora sin persianas
de por medio.
-
Señor, ¿ya votó? - fue todo lo que atinó a
preguntar la nerviosa Arcelia, sacando arrestos no sabe de dónde.
-
Sí – contestó Luis con voz seca, disimulando a
su vez su nerviosismo con algo de altanería.
Los amigotes de
Luis interrumpieron la nutrida conversación y se lo llevaron para que Arcelia
pudiera almorzar con la tranquilidad que le daba haberlo podido enfrentar. 4
horas después se daría el cierre de las urnas y Arcelia se iría a misa
dominical al templo del Voto Nacional.
A la salida de la
misa divisó a Luís en una droguería, mal simulando un encuentro casual con
Arcelia.
-
Cómo le fue en la mesa de votaciones –
Preguntó Luis rompiendo el témpano de hielo.
-
Bien – contestó Arcelia.
- Camine, esperemos los resultados en una cafetería – mintió Luis, a sabiendas que los resultados se conocerían al día
siguiente – además, hace mucho frío.
Creyendo que si le
aceptaba la invitación se lo quitaría de encima, Arcelia aceptó la dosis de
tinto y bizcocho. Al llegar a casa, le contó lo sucedido a su mamá y María de
Jesús comenzó a perderle el miedo. El lunes siguiente a las votaciones, se
vivía un ambiente de fiesta, pues los partidos tradicionales lograron su
propósito y eso de nuevo era una excusa para un encuentro en la tienda. A
partir de ese momento las visitas fueron más continuas y con menos hielo de por
medio.
-
Bueno, y esa visitadera del evangélico ¿qué significa? – reclamó María de Jesús a su hija – no me vaya a salir con cuentos raros. Mire que usted se merece un tipo
como el hijo del dueño de la pensión en que vivimos.
Arcelia lo tomó
como un mal chiste, pues el fulano al que se refería era un langaruto flaco y
feo al que se le veía más pasado que futuro.
-
Estás no son sus épocas mamá – le respondió
Arcelia exponiéndose a un bofetón.
Un día, escudándose
en la insipiente confianza que ya tenía en casa de los Rojas, Luis invitó a
Arcelia a la vecina población de Iza, famosa desde siempre por sus saludables
aguas termales. La idea era pasar un día de paseo con la anuencia de Plutarco,
mas no con la de su madre. El langaruto del hijo del dueño de la casa ya había
envenenado a María de Jesús poniéndola en sobre aviso acerca de lo sucedido.
Arcelia llegó a
casa en medio de un aguacero monumental, que en nada disminuyó el placer que le
había ocasionado el paseo. Habían visitado el cementerio, almorzaron, fueron a
piscina termal y regresaron a Sogamoso. Luis le confesó que su simpatía para
con ella crecía cada día más y ella mentalmente pensó que era correspondido, pero
el pudor le impidió hacérselo saber.
Las palabras de
Luis todavía revoloteaban en la cabeza de Arcelia cuando recibió el primer
garrotazo que María de Jesús le propinó por haberse escapado sin su permiso,
sin embargo, el encanto en que flotaba Arcelia anestesió por completo el golpe asestado.
No ocurrió lo mismo con Plutarco quien, por alcahueta, recibió numerosos golpes
que dejaron al instante hilos de sangre en su cabeza.
Muchos años
después, la misma Arcelia aseguraría ver en Andrés, el menor de sus hijos, la
viva estampa de Luis el día que le confesó sus afectos en Iza: un muchachón
alto, moreno, chusco, con ojos entre azules y verdes.
Pocos días más
adelante, por cuestiones del azar o el destino si es que realmente existe, las
vacaciones laborales de Luis y Arcelia sincronizaron. Arcelia tenía la
intención de ir a Bogotá a conocer la capital y Luis, en un alarde de citizen of the world, se ofreció de guía
en una ciudad que, en buena parte, conocía bastante bien. Arcelia le lanzó una mirada
de “usted está loco”, con la
esperanza que emanara una propuesta que pudiera hacer realidad la anterior. Y Luis,
sin saber cómo, tuvo la respuesta inmediata.
-
¡Casémonos!
Así se impulsivo
era Luis. Así de confiada era Arcelia.
La cara de Arcelia
tuvo una mezcla de sorpresa, satisfacción, felicidad, bien disimulada por la
incredulidad. Intentó poner orden a las ideas recordando que no eran más que un
par de mozalbetes de 20 años cada uno:
-
¿Ah sí? Y se puede saber ¿dónde vamos a vivir, caballero?
Como si le hubiese
sido revelado de un momento a otro, Luis lo planteó.
- En cualquier parte menos donde su mamá, porque si nos vamos a allá,
nunca vamos a comprar ni una silla.
En seguida recordó
que la señora que le lavaba la ropa había acondicionado un espacio detrás de su
casa y que de momento, podrían vivir allí. Posteriormente podrían pasarse a
vivir a… bla, bla, bla… las palabras de Luis se fueron diluyendo, Arcelia ya no
las oía, solo veía a un hombre sacando respuestas a cuanta pregunta tuviera,
solucionando cada inconveniente y lo que le terminó de enamorar fue la
seguridad con que lo hacía.
Cuando terminó de
hablar, Luis tenía solucionada la vida hasta enero del año 2011, pero Arcelia
solo lo escuchó hasta octubre de 1958, embebida como estaba de su verborrea.
Al día siguiente al
finalizar la tarde, Luis, cuidadoso de las buenas costumbres, se presentó en la
tienda de María de Jesús con la más solemne pinta que pudo ubicar en su
armario. Formalmente escoltado por los hermanos Moreno Hernández, liderado por
Octavio, entró con mucha seguridad al establecimiento. Al ver al “evangélico”,
un par de clientes se santiguaron a manera de agüero y procedieron a desalojar
la tienda, cosa que no le gustó nada a la matrona.
-
Una cosa es que venga un evangélico todos los días, pero que vengan 4?
Tiene que ser una prueba de Dios. – pensó.
Maria de Jesús los
recibió con una sonrisa fingida pero verosímil.
-
¿Qué se les ofrece?
Luís sintió que
debía hablar, pero se había olvidado por completo del discurso que tenía
preparado. Para no hacer quedar mal a la familia, Octavio asumió la vocería.
-
La bendición de Dios sea con todos los que habitan esta casa - evangelizó Octavio para no perder la costumbre - ¿Tiene usted unos minutos para conversar con
estos servidores?
Maria de Jesús
llamó a Plutarco para que se hiciera cargo de la tienda mientras ella
conversaba con los visitantes en una mesa de la mitad del salón.
-
Y por favor, llame usted también a la señorita Arcelia si es tan
amable, sé porqué se lo digo.
Arcelia llegó
perfectamente acicalada y se sorprendió gratamente de ver a su visitante. Se
sentó en la última silla disponible entre su madre y Luis, según ya habían
planeado Rafael y Eduardo, los otros 2 Moreno.
Recordando el
libreto preparado en la mañana, Luis fue al grano:
-
Señora, vengo formalmente a solicitar a la señorita Arcelia en
matrimonio – dijo Luís - Lo hemos conversado y los dos estamos de acuerdo.
En medio del
tartamudeo repentino de Luis, María de Jesús volteó la cabeza en cámara lenta
hacia Arcelia.
-
¿Eso es cierto Arcelia? ¿Ya los tenían decidido?
La cara de
incredulidad de María de Jesús no combinaba con el ataque súbito de risa nerviosa
que espontáneamente se le vino a Arcelia. Una risita que fue aumentando en
crescendo hasta anular la música de la tienda. Arcelia no podía parar de reír y
los hermanos Moreno se miraban sorprendidos sin saber cómo reaccionar ante ella.
La risueña se paró de la mesa trajo galletas y vino e invitó a su madre a
brindar y la risa no la dejaba modular palabra.
A María de Jesús le
terminó gustando la personalidad de Luis a pesar de su juventud y finalmente
accedió a las pretensiones del mozo. Pasaron solo 7 meses desde que fríamente
hablaron por primera vez y ya estaban brindando por una relación duradera. El
acuerdo se selló con un beso y un nuevo brindis, pero Arcelia seguía
preguntándose de qué iban a vivir.
A partir de ese
momento Luis decidió todo lo que se iba a hacer con respecto de la boda. Por su
iniciativa, en el transcurso de un par de semanas apartaron una pequeña
vivienda de 2 habitaciones en alquiler, fiaron cama en el almacén de Patricio
Pérez, compraron plancha, colchón, cubrelecho, cobijas y ollas y después de
pagar $20 pesos, quedaron en planilla de la casa cural para contraer matrimonio
el viernes 13 de junio de 1958, día del vigésimo cumpleaños de Luis.
Arcelia se
sorprendía porque todo salía sin esfuerzo. Elvira, su amiga de los juzgados fue
su madrina y como tal se encargó del vestido y de la recepción. La boda era a
las 8:00 am y estuvieron planchando el vestido hasta la media noche: El
cansancio les ganó y se vinieron a levantar a las 8:30 cuando la ceremonia
debía ir al menos por mitad. Asustadas, corrieron a arreglarse rápidamente y
hacia las 9:30 salieron orondas hacia la iglesia. Maria de Jesús y Plutarco
vistieron sus mejores galas y en el altar Luís y su abuela Catalina, estaban
perplejos por la demora.
Día de boda de Arcelia
A las 3 de la tarde
comenzó la luna de miel con un viaje que los llevó a Bogotá y Girardot, siempre
en compañía de Pedro, el esposo de la tía Josefina. El viaje le abrió el mundo
mental a Arcelia y decidió que en el futuro viviría en Bogotá. Por lo pronto,
los dos volverían a Sogamoso a seguir adelante en sus trabajos.
Por esos días y debido
a influencias de José Luis, su padre y Pedro, su tío político, Luis Prieto
comenzó labores en los Ferrocarriles Nacionales. Eso le permitía viajar
constantemente y conocer otras partes del departamento y del país. Trabajaron
durante muchos años, enfrentando todas las situaciones posibles para que ellos
y sus hijos tuvieran un futuro digno.
La intención de
Luis y Arcelia de vivir en Bogotá se cumplió después del nacimiento de sus 6
hijos en Sogamoso: Héctor Manuel (1959), Maria Cristina (1960), Constanza
(1962), María del Pilar (1965), Amparo (1969) y Luis Andrés (1973).
Cansado de obrar
como empleado, Luis renunció a su trabajo y con la liquidación compró un bus,
lo afilió a una empresa intermunicipal y con recorridos interminables entre poblaciones
de Boyacá y Cundinamarca, afianzó el mantenimiento de la familia. Con el
pequeño Andrés aún en brazos, la familia se trasladó a Bogotá, donde Arcelia
trabajó muchos años tanto en casa como en el negocio de distribución a granel
de líquidos combustibles.
***
Luis acompañó a
Arcelia en el viaje en esta dimensión hasta el 25 de enero de 2011. Por
herencia de su padre José Luis Ramírez y su abuelo paterno Manuel Antonio
Ramírez, la genética había deparado que una afectación cardíaca cortara las
aspiraciones de seguir viviendo experiencias conjuntamente.
Años
después, en 2017, durante la celebración de su cumpleaños número 80, entre porros,
cumbias y rancheras, Arcelia no pudo evitar hacer un recorrido de lo que fue su
vida hasta ese momento. Rodeada de hijos, nietos,
familiares y amigos, caminaba orgullosa de llevar adelante una vida digna,
sencilla, con las grandes satisfacciones que lleva el tener muchísimos medianos
y pequeños triunfos. Como le solía decir Luis, a estas alturas de la vida, lo
bailado no se lo quita nadie y la satisfacción de haber sido protagonista
fundamental de la formación de su familia, le permite llevar su frente en alto.




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