viernes, 27 de octubre de 2017

ARCELIA EN UNA HISTORIA

EL ENCUENTRO

El leve pero inconfundible sonido del intruso intentando tomar el atajo prohibido, le anunció a María de Jesús que el momento indeseado había llegado. Saltó de la cama, levantó una de las hojas de la persiana y con sus ojos, entre somnolientos y sorprendidos, atisbó una torpe figura avanzando en zigzag en la penumbra de la fría madrugada boyacense.

De inmediato prendió la luz y ganándole la lucha al pánico, se las arregló para sacar de debajo de la cama el molinillo y la olla que durante semanas tenía listos en caso de presencia del ladrón. Meses atrás había recibido el encargo del dueño de la casa en que vivían en arriendo de hacer toda la alharaca posible para espantar los cuatreros que descaradamente hurtaron 4 reses sin el menor recato. A cambio de velar por la seguridad de la parcela, María de Jesús recibía matutinamente una botella de leche.

A pesar de la niebla y de la poca luz de la luna, la matrona logró identificar la presencia del infractor merodeando torpemente entre el ganado. Molinillo en mano y con la garganta enredada por los nervios, golpeteó sin descanso la olla, gritando con desespero como justificando la leche consumida durante meses:

-       ¡Ladrón, ladrón, Dios te guarde de la tunda que te vamos a dar entre todos! - vociferó sin convicción buscando en vano el respaldo de sus jóvenes e inofensivos hijos.

Con el primer berrido, Arcelia y Plutarco, saltaron en la cama. Tanta fue la alharaca que lo propio hizo Ariosto desde el más allá. Afuera el fulano, en su borrachera, no daba crédito a la injuria de que era objeto y que ponía en duda su reputación. Mal aconsejado por el alcohol, tomó la decisión de cortar camino desde el sitio de farra con sus amigos, hasta la pensión que quedaba al otro lado de la calle donde vivía solo, ingresando en territorio vacuno rondado por la fantasiosa mujer que, no sin razón, vio en él a un vulgar ladrón.  

La molestia que le provocó aquella bochornosa situación lo llenó de ira, pero la juma y el barro en que estaba atascado le dificultó mucho reponerse. María de Jesús seguía adelante con el revoloteo intentando asustar al intruso pero este, más decidido que cuerdo, caminaba hacia la casa para poner orden a su buen nombre. Dentro de la habitación, Arcelia veía como aquella figura de torpe andar, se acercaba a la ventana para conocer a la autora de tan infames insultos. En un momento dado, Luís, el intruso y Arcelia, la curiosa, cruzaron por primera vez la mirada que habrían de repetir infinidad de veces en sus vidas durante los casi 53 años que estuvieron casados.

Corría el año 1957 y la Colombia de esa ápoca decrecía entre la violencia y la mojigatería.



LA MADRE DE ELLA

María de Jesús nació en la década de los 20. Muy temprano, siendo niña, no tuvo la conciencia suficiente para entender que la abultada barriga de su madre devino en nada pues quien iba a ser su único hermano nació muerto ante las precarias condiciones que se vivían en la región en esa época. Su padre había fallecido meses atrás y su madre se vio envuelta en un ambiente lúgubre por la ausencia definitiva de su marido y ahora la pérdida de su segundo hijo. El alma de su madre sucumbió a la tristeza y su cuerpo lo siguió solo unos meses después, cuando María de Jesús contaba con tan solo 4 años de edad.

Familiares y vecinos convirtieron la sala de estar de la casa en sala de velación, mientras la niña lloraba sin ganas imitando a los demás. María de Jesús no asistió al entierro de su madre por decisión ajena. Mientras tanto, jugaba en el parque en medio de una tarde que no sabía de tristezas. Estando en esas, advirtió varias figuras que se erguían delante de ella: era su tío Vicente Rojas, hermano de su madre, su esposa Gregoria y sus primos, de los cuales Santos era el mayor de ellos y el orgullo de la familia. Vicente, con amabilidad fingida, le ordenó recoger su ropa pues se iría a vivir con él y su familia ante la sin salida que la vida le presentaba.

Muy pronto, María de Jesús cambió el juego por las actividades de oficios varios en su nueva casa, sirviendo a sus primos mayores, a quienes pronto llamaría hermanos, pues aunque no gozaba de los mismos privilegios de ellos, había entrado a hacer parte de la familia. Allí, veía como su primo mayor (ahora hermano) Santos y sus primas (ahora hermanas) eran tratados con mucha más  benevolencia, gestando en ella un carácter servil y abnegado.

Gregoria, la esposa de su tío, pasó a ser ahora su madre y con ella duraba horas lavando ropa, almidonándola, planchando, limpiando pisos, preparando alimentos y llevando la comida a los obreros del campo. Con paciencia, su nueva madre le enseñó también a leer y escribir y las operaciones básicas de matemáticas. Pasaron los meses y años y la adolescencia encontró a María de Jesús en medio de quehaceres domésticos, mientras ordeñaba una vaca. Su cuerpo había evidenciado los cambios que la naturaleza le tenía deparados y su padre Vicente no tardó en advertirlos.

-          Te has vuelto una mujercita – le dijo un día secamente.  - Es hora de que atiendas tu propio marido.
Entendió las palabras pero no la intención de la frase de Vicente, su tío, su padre. Le preguntó desconcertada a Gregoria por el alcance de aquella determinación y ésta, impávida, le contestó que dejara la alharaca y el espaviento.

-          Cálmate muchacha. Lo que te viene no es nada diferente al cumplimiento de la misión de cualquier mujer en este mundo.

Unas semanas después, comprendió un poco más. Gregoria, su madre adoptiva, la acompañó a buscar galas nuevas, le aconsejó sobre buenas maneras de comportamiento y cómo complacer a un hombre en su hogar, omitiendo deliberadamente cualquier información sobre la intimidad.

La espera no fue muy larga. Solo un par de semanas después y como parte de los preparativos de boda, se llevaron a la moza de su natal Firavitova, Boyacá, a la casa de unos amigos de la familia en la cercana población de Sogamoso. Era la primera vez que María de Jesús salía de su pueblo y estaba aterrada por la incertidumbre. Allí pasó 2 noches y a la tercera madrugada la llevaron a la iglesia en medio de un coro de gallos cuyo canto parecía congelado por el frio. La pequeña no lograba entender cómo en tan corto tiempo la iban a casar con alguien que ni siquiera conocía.

Encajada en un vestido modesto alquilado para la ocasión, María de Jesús se halló en la entrada de la iglesia con un ramo de flores plásticas aromatizadas con azahar. Con solo 14 años encima, miraba para todos lados con el corazón encogido del miedo por el afán de su familia de madurarla a la fuerza. Pronto vio a Vicente, su tío, su padre y a Santos, su primo, su hermano, acercarse a ella con galas dignas del evento. Sin atreverse a preguntar por el hombre que la acompañaría al altar, su tío - padre la quiso tranquilizar con una frase que resultó aún más aterradora:

-          Trátala bien Santos. Es una niña, pero confío que te de buena descendencia.

¿Santos? ¿Santos Rojas, su primo? ¿Su hermano? ¿Sería ahora su esposo? Sintió desmayarse, pero un rápido empellón de Gregoria, su tía, su madre y ahora su suegra, la puso de nuevo en su sitio. Faltaban solo unos minutos para que fueran las 6 de la mañana, hora de la boda, y entraron rápidamente al templo. Entre apenada y sorprendida, se colgó del brazo de Santos quien le aventajaba casi 20 años de edad y varios palmos de estatura. Santos tampoco se veía muy complacido por el papel que iba a desempeñar.

La relación nació desprovista de amor y matizada con un interés económico, pues era la oportunidad de Vicente de tomar un pequeño terreno que había heredado María de Jesús a la muerte de sus padres. De la noche a la mañana Santos no solo era su primo, su hermano, sino también su marido, Vicente era su tío, su padre, era ahora su suegro y sus primas, sus hermanas eran, además, sus cuñadas.  Aquel galimatías le hizo intuir a María de Jesús que su árbol genealógico no era nada fácil de dibujar.

***

Como era de esperarse, el amor no anidó en el nuevo hogar. Se fueron a vivir a la casa de unos viejos amigos de la familia, mientras la niña-mujer se preparaba para su nueva vida. Además de los quehaceres domésticos la indujeron en el arte del manejo de un hogar desde la sumisa perspectiva femenina que se vivía en una región como la boyacense a comienzos del siglo XX.

Para el momento del matrimonio y gracias a la influencia política de Vicente, Santos había pasado de ser un empleado de la notaría local a ser el notario titular, lo cual se reflejaba en el buen vestir que lo caracterizaba y en un sueldo que le permitía aportar económicamente no solo a los gastos del hogar de sus padres y al que acababa de conformar con María de Jesús, sino también al que tenía clandestinamente con anterioridad con otra mujer que había enviudado como resultado de la violencia política del país.

Con los años, María de Jesús pasó de ser una muchacha experta en nada a manejar con cada vez mayores aciertos los detalles de un hogar de puertas para adentro. Con 20 años cumplidos y contrario a lo habitual en época, María de Jesús no conseguía dar descendencia a Santos. “Son cosas de Dios”, se disculpaba vanamente María de Jesús ante los demás, mientras en el pueblo se lo atribuían a las escasas visitas nocturnas que Santos hacía a su hogar.

-          Tu mujer no logra quedar en embarazo. Veo difícil que haya descendencia por ese lado – le dijo un día Vicente a su hijo Santos - Es mejor que le des un arreglo definitivo a ese predio que heredó tu esposa desde que era niña.

Aprovechando la sumisión que caracterizaba a María de Jesús, Santos se las arregló para que firmara documentos a nombre de Carmen, su prima, su hermana, su cuñada y de un momento a otro, el último vestigio que representaba el recuerdo de sus padres naturales se diluyó en un papel sellado de notaría. Avergonzada por el pensamiento de ingratitud, en ese momento entendió que la invitación de Vicente a vivir con ellos cuando era niña obedeció a algo más que la compasión de no dejarla sola en el mundo.

En desarrollo de su carrera burócrata, Santos fue nombrado Recaudador de Hacienda Municipal en Tocaima, un pueblo de Cundinamarca con lo cual las perspectivas salariales era mejores. Alejados de Firavitoba, su pueblo natal y de Sogamoso, marido y mujer tuvieron la posibilidad de estrechar aún más lazos y no tardó María de Jesús en confirmar que su cuerpo era apto para la maternidad cuando engendró a su primera hija, Arcelia, a los 22 años de edad.

Arcelia Rojas se convirtió en un gran motivo de alegría para María de Jesús, pues con ella no solo cumplía su sueño de ser madre, sino que además llenaba los momentos de soledad cuando Santos se ausentaba del hogar. Se sintió doblemente afortunada cuando su vientre anunció la llegada de su segundo hijo y con esto acalló los chismes de los pueblerinos quienes veían con sospecha que en tan corto viaje a Tocaima hubiera regresado con una niña como hija. Plutarco, la criatura que se gestaba, fue una bendición pero aumentaba su labor en las tareas caseras.

Su vida con Santos avanzaba como la de cualquier familia de clase media que luchaba por salir adelante. Si bien la relación no había nacido como fruto del amor, se generó un sentimiento mutuo de respeto y cariño que duraría hasta el final de sus días como pareja. Sin embargo, María de Jesús no era ajena a las evidentes ausencias de Santos y respondía con desdén cuando algún vecino le hablaba de la familia paralela que Santos tenía.

-          ¡Chismoso! – le dijo alguna vez a un tendero que le preguntó por los supuestos hijos de una relación paralela de Santos  - este pueblo dejará de ser un infierno el día que la gente se ocupe de sus propios asuntos.  

Sin embargo, tantas habladurías comenzaron a surtir efecto en María de Jesús.

Un viernes santo, en medio de una lluvia torrencial propia de abril, María de Jesús vivió su propia pasión. Regresó anticipadamente del oficio católico y dejó la sombrilla en el zaguán de entrada de la casa para que se secara. No había terminado de cruzar el dintel, cuando sintió como una ráfaga humana había entrado y se había robado la sombrilla. Era una sombrilla barata, pero más que eso, lo que enardeció a María de Jesús era la desfachatez para llevársela.

Santos no estaba en casa, supuestamente estaba en una correría política por la región, así que, como pudo, se subió la pollera hasta donde las buenas costumbres y sus fuerzas se lo permitieron y emprendió la carrera tras la mujer que ahora blandía la sombrilla para su beneficio. Impulsada por la rabia, María de Jesús alcanzó a la ladrona 4 cuadras más delante de su casa, cuando una losa lisa de piedra le hizo resbalar y caer. La agarró por el cuello y la obligó a llevarla a su casa para reportarla ante sus padres.

-          Desgraciada, ¿no te han enseñado buenas costumbres en casa? ¿Qué clase de padres tienes que te han hecho una ladrona? – increpó a la mujer.

Al cruzar la puerta de la casa de la ladrona, María de Jesús sintió el inconfundible perfume masculino que caracterizaba su propio hogar. Mientras evocaba a Santos en su mente como producto del aroma, lo vio sentado en la cabecera del comedor, con su impecable vestir, aún en días festivos. Se olvidó por completo de la sombrilla y la ladrona y clavó la mirada en su marido. 

-          ¿Así me pagas después de haberte dado toda mi juventud?  - le reclamó María de Jesús con aversión, dejando de lado la sumisión que le caracterizaba.

Con más desfachatez que vergüenza por ser descubierto en su doble vida, Santos se acercó, le dio un beso en la mejilla y firmemente le ordenó que se fuera para la casa y que después hablarían del asunto.

Recordando el rito católico al que acababa de asistir en el que el Mesías es traicionado con un beso, María de Jesús caminó de regreso a casa con su cruz a cuestas, mientras el pueblo entero hacía el viacrucis del día santo.

Con Santos de regreso en casa, María de Jesús habría de enterarse que su marido tenía un hogar paralelo incluso más antiguo que el suyo y que tenía 3 hijas, todas mayores que ella misma, que era su propia esposa. El resentimiento y la desilusión le durarían toda la vida, pero disminuyó cuando en un acto de sumisión, María de Jesús le permitió visitarla nuevamente en su cama 3 meses después del infortunado episodio.

La poca fertilidad era cosa del pasado. Bastó con esa visita para que María de Jesús tuviera nuevos ánimos en la vida, esta vez con la compañía de Ariosto, que desde sus entrañas vendría a acompañar a los aun infantes Arcelia y Plutarco.

Una mañana, cuando María de Jesús se dedicaba invariablemente a sus labores caseras, tuvo un sobresalto. Se tocó su vientre, recurriendo a su instinto materno, para asegurarse si el nuevo hijo que se gestaba en sus entrañas estaba bien.

Desde su interior la criatura le confirmó su bienestar y de inmediato se le vino la imagen de su marido a la cabeza.

-          ¡Santos!  -  gritó para adentro mientras se escurría sobre el mesón de la cocina, donde preparaba el almuerzo.  

Una lágrima rodaba por la mejilla de María de Jesús desde antes que el mensajero le trajera las malas nuevas desde el hospital del pueblo. 

Durante sus cargos públicos, Santos se había convertido en una figura de influencia del municipio de Sogamoso, a donde regresó después de su paso por Tocaima. Con el fin de obtener el favor desde sus nuevas actividades profesionales, Santos era objeto de constantes agasajos e invitaciones por parte de la comunidad. En una de esas iniciativas de lambonería, un lugareño lo convidó a un paseo de olla al pozo Aguas Blancas, con tan mala suerte que una serpiente, en un acto reflejo, mordió a Santos en la pierna derecha. Intentó resistir en vano, pues bastaron 3 horas para que abandonara el mundo en medio de inimaginables dolores, justo cuando comenzaban a practicarle los primeros auxilios en el hospital.

La tarde de ese mismo día, en la funeraria del pueblo, el cuerpo de Santos recibía la visita de sus 2 viudas, María de Jesús, la oficial y Carmen, la amada, y de sus 6 hijos, uno de ellos aún por nacer. El resentimiento era mutuo entre las mujeres, pero era mayor el afecto por el personaje que en vida les prodigó lo suficiente para su subsistencia y manutención.

-          Por Dios - pensó María de Jesús - Se repite la historia. ¿Qué nos deparará el destino?

Se dio cuenta que a los 4 años había despedido a sus padres y ahora se repetía parcialmente la historia, pues su hija mayor, Arcelia, despedía a su padre a la misma edad.

María de Jesús tenía 26 años cuando enviudó.

***

La ley benefició a María de Jesús. Si bien Carmen, la mujer de Santos por muchos años, tenía una vida asegurada con los bienes que le dejó su marido aun desde antes de casarse, a María de Jesús le correspondió el derecho a la pensión de viudez.

Con mucha ilusión cada primero de mes pasaba por el banco a cobrar su pensión de $9 pesos que le correspondía por ley. Era toda una bendición. Con muchas privaciones, ese dinero le alcanzaba a la incompleta familia para mantenerse durante 1 mes sin ningún tipo de lujos, con más limitaciones que abundancia.

María de Jesús no sabía hacer nada diferente a las actividades del hogar. Además de la pensión recibió la consideración de los demás, pues se sabía de lo complicado de la situación, acentuada ahora con la llegada del nuevo hijo, Ariosto. Una pariente lejana, que además era la madrina de bautizo del pequeño Ariosto, les ofrece una casa modesta en arriendo en la natal Firavitoba y así vuelve María de Jesús a su pueblo.

Una mañana, siendo todavía un pequeño, Ariosto se quejó de un dolor en el bajo vientre y lo confirmó al orinar. En cuestión de horas la criatura fue presa de alergias y brotes en la piel. La anomalía se presentó por varios días y se tornó alarmante cuando en los pies y piernas del niño se formaron llagas y vejiguitas que no secaban con la harina de trigo que le aplicaban.  La sabiduría pueblerina diagnóstico mal de ojo y los malos consejos la fueron empujando a un cuchitril donde atendía un curandero tan afamado como ineficiente que vivía en Iza, una población cercana. Después de constantes baños en las famosas aguas termales de la región y de ingerir brebajes inmundos que no producían más que diarrea, un yerbatero les dio la solución final: todo lo que había que hacer era preparar una infusión a base de patas de grillo bicéfalo. Lo complicado era conseguir el espécimen.
La compasión por la azarosa suerte de María de Jesús llevó a la solidaridad del pueblo de buscar un animalejo que solo existía en la mente del embaucador. Aún es legendaria la escena en que los cultivos de cebolla y papa de la región se vieron invadidos por cientos de personas que buscaban en 4 patas un grillo bicéfalo para curar el mal del pequeño Ariosto, aunque la mayoría de ellos no sabía en realidad qué buscaban.

Por supuesto, el grillo nunca fue encontrado y María de Jesús tomo una decisión tan desesperada como extrema: optó por llamar al médico para una visita domiciliaria urgente. El galeno, al ver estado del niño y después de conocer que se había apelado a la ayuda de yerbateros, le dio el regaño de su vida por tan insensato proceder. Mientras auscultaba al enfermo, Arcelia alcanzó a observar como la mirada del niño se perdía en una dimensión desconocida y su mano dejaba de apretar la de María de Jesús. Embelesado por una visión que le venía del más allá, Ariosto se despedía del mundo con una dulce sonrisa en sus labios.

La imagen del niño inanimado en una mesa, vistiendo sus mejores galas y con 4 velas alrededor, impactó tanto a Arcelia que habría de recordarla de cuando en cuando por el resto de sus días.
María de Jesús en sus años maduros


ELLA, LA CURIOSA

Arcelia tuvo una niñez que se destacaba por ser completamente normal. No fue una brillante estudiante, pero sí bastante inteligente, impulsiva, inquieta y no poco indisciplinada. Perder a su padre a tan temprana edad contribuyó a forjar en ella un espíritu rebelde y poco conformista.
Debido al precario estado económico en el que vivía junto con su abnegada madre y gracias a la gestión de Elvira Castro, pariente cercana de Vicente, obtuvo la preferencia de asistir a una escuela de Sogamoso llamado Liceo de las Señoritas Rojitas, cuyas propietarias eran un grupo de 5 hermanas solteronas y rollizas quienes se vanagloriaban sin fundamento de ofrecer la mejor educación de Sogamoso.

Allí paso toda su infancia escolar hasta que posteriormente, un día de enero, después de concluir la primaria, viajó por primera vez en tren en un trayecto que unió la población de Sogamoso con Paipa después de un corto trayecto de menos de 1 hora. A sus 12 años, se vio junto con su madre, una maleta, un colchón, una mesa de noche y una ponchera para asearse, tocando la enorme puerta del internado católico en el que iba a estudiar el bachillerato. La incertidumbre de dejar su casa, su madre y su hermano Plutarco y enfrentar una vida completamente nueva, la inquietaba mucho. Estaba allí parada con las piernas temblando del temor y frío, iniciando una nueva etapa como resultado de una beca que había gestionado nuevamente Elvira Castro, obtenida en parte por su rendimiento escolar en primaria, pero sobre todo por la imposibilidad de contar con los recursos para continuar adelante con sus estudios por cuenta del bolsillo familiar.

A pesar de la bienvenida de la Hermana Superiora regente del internado, Arcelia se resistía a dar el paso de entrada. Intuía que su paso por el claustro cambiaría por completo su vida.

Nunca se pudo habituar. Con salidas a su casa en vacaciones de mitad y final de año, Arcelia pasó allí parte de su adolescencia, sin embargo no logró sintonizar totalmente su vida, de ciertos rasgos rebeldes, con el dogma, la doctrina y la disciplina férrea de un ambiente religioso.

Los ataques de indisciplina tuvieron su desenlace final en el grado 3 de bachillerato, cuando una mañana Arcelia se deslizó sobre el pasamanos de la escalera que conducía del comedor a los salones de clases del internado, algo que ella, e incluso sus propias compañeras, hacían cotidianamente y que, por supuesto, no estaba permitido. Quiso la mala suerte que justo antes de caer al primer piso a velocidad descontrolada, pasara Teresa, una de las hermanas religiosas del internado impecablemente uniformada con todos sus atavíos. En segundos, la hermana cayó al piso con todo su traje desecho por el bólido humano, con la toca almidonada volteada tapándole la cara y las naguas a la altura de la cintura, dejando al descubierto todo lo que su pudor religioso le impedía exhibir. Las compañeras de Arcelia reían desencajadas y la humillación de la monja fue tal que terminó llorando como una cría y reincorporándose en cámara lenta. Tan pronto creyó estar compuesta nuevamente, Teresa le propinó a Arcelia un pellizco de tal magnitud que ella misma, al día de hoy, no lo distingue de la cicatriz de la vacuna que le aplicaron cuando era niña.

Ese día, Arcelia estuvo la primera clase castigada la esquina destinada a los estudiantes traviesos, pero ella intuía que su pilatuna era algo más que eso, una travesura. Para la segunda hora de clases fue llamada a la rectoría sin posibilidad de descargos y obligada a ofrecer disculpas a todo el cuerpo de monjas y religiosas apostadas allí, hincándose ante ellas como si fuera una corte marcial. La humillación fue desproporcionada a la que ella misma había infringido a la religiosa horas antes.

Los días siguientes fueron infernales para Arcelia. Las monjas de labios para afuera habían aceptado las disculpas de la chica, pero en su interior guardaban rencor y se encargaron de hacerle la vida insoportable en el internado: la despertaban en las noches mientras dormía con un chorro de luz de linterna directamente a la cara, le servían la comida que quedaba pegada a las ollas y la miraban como mandándola al purgatorio en un viaje sin regreso. Arcelia bajó su rendimiento escolar y se vio atropellada en sus derechos, que para los niños eran poco reconocidos en los años 50.

Era habitual en el internado salir 1 vez al mes a pasear a algunos de los parajes cercanos al claustro. En una de esas, fueron a la estación del tren construida recientemente y que era objeto de visitas turísticas locales. El tren a vapor era símbolo de desarrollo de la región y el país. Estaba recién inaugurada la ruta Bogotá – Sogamoso y viceversa y algunos, en alarde de capacidad económica, lo tomaban aunque no tuvieran nada que ir a hacer a Bogotá, solo por el placer de ser visto abordando el moderno vehículo y exhibir los tiquetes ante las amistades. El paso del tren bendecía automáticamente con desarrollo, comercio y turismo cualquier lugar por el que circulara.

Allí, en manada, las estudiantes del internado ataviadas con su uniforme y un saco de lana extra para protegerse del frío, veían como el tren de las 4 p.m. se acercaba como un bólido impetuoso que iba disminuyendo su velocidad paulatinamente hasta detenerse justo al frente de ellas.

-          Cuidado - decía la monja encargada – que esa máquina devora niñas desobedientes.

Las niñas con cara de asombro se hicieron pasos atrás. Todas, con excepción de Arcelia que veía casi hipnotizada cómo el tren abría sus puertas como invitando a un viaje.

-          ¡Arcelia!, ¡Tres pasos atrás! – vociferó Teresa, la monja humillada, con tono castrense.
Permaneció impávida allí ante el tren.

-          Arcelia - repitió la monja sintiendo como la sangre se le subía a la cabeza ante la desobediencia de la niña. - Venga aquí inmediatamente.

En completo silencio y con un aire de rebeldía inusitada, Arcelia sintió una fuerza en su espalda que la empujó suave pero con firmeza y avanzó decididamente los 8 pasos que la separaban del tren, aceptando la invitación de subirse por las escalerillas que conducían a la puerta de entrada al vagón. Se instaló en la primera silla que encontró junto a la ventana, como cumpliendo un sueño y acomodó en su regazo la bolsa que llevaba con las medias nueves.  

Con el sonido del pito del tren de fondo y los primeros metros del tren avanzando hacia Sogamoso, Arcelia vio como la monja, energúmena y enardecía, le gritaba improperios inaudibles más por el ensimismamiento en que andaba que por el grosor de los vidrios de las ventanas. 

Al llegar a Tibasosa, el encargado le pidió el tiquete. Ella con la inocencia de una chica que apenas conoce el mundo, atinó a decir que no tenía. Argumentó que iba para Sogamoso a ver a su mamá que estaba enferma. El encargado de los tiquetes sintió compasión por la criatura y no la volvió a molestar en el viaje.  Llegó a Sogamoso a las 5 pm y a su casa 15 minutos después.

María de Jesús estaba sentada frente a la máquina de coser, levantó la mirada al sentir una presencia no habitual y se quedó de una pieza al verla cuando abrió la puerta.  

-          ¡Arcelia! ¿Qué te pasó? ¿Por qué no estás en el internado?

-          No sé. No sé cómo llegué aquí- atinó a decir como despertando de repente del letargo.

Arcelia le contó con detalles las humillaciones que de las que había sido objeto y que no quería volver al colegio.

-          Nada de eso muchachita. Bastante me jodí para conseguir esa beca, como para que ahora se venga a la casa sin terminar estudios, a incrementar gastos y calentar la cama haciendo nada. No señora. Mañana mismo nos vamos al internado a rogarles para que la vuelvan a aceptar.

María de Jesús estaba en muy malas condiciones. La pensión de 9 pesos perdía su capacidad adquisitiva y ahora con su hija sin beca, el asunto se ponía cada vez más complicado. Lloró toda la noche pensando qué le iba a decir a la Madre Superiora para que la recibiera de nuevo.

A las 6 de la mañana tomaron el tren de regreso a Paipa. Una vez en el internado, no tuvo la oportunidad de esgrimir ningún argumento ante la monja. Tan pronto abrieron la puerta, su ajuar estaba listo para la entrega. Se habían esmerado por empacar bien la maleta, el colchón, la mesa de noche y el platón estaba bien lavado. El sacristán de la iglesia, en un gesto de piedad, les ayudó a llevar todos los corotos a la estación del tren.

Se lamentaron todo el día hasta las 4 de la tarde cuando el tren las recogió nuevamente para viajar a Sogamoso. De allí en adelante, el panorama se puso sombrío. Arcelia de 16 años había perdido la beca, llegó hasta 3er. grado de bachillerato y el hogar se llenó de un ambiente de desesperanza.

***

Por intermedio de un vecino, Arcelia conoció a una monja que había abandonado los hábitos y el convento y en un arranque de mercantilista contenido por años debido a los votos de pobreza, montó un almacén de carteras femeninas. Ante la inactividad diaria que devoraba de a poquito la monotonía cotidiana, Arcelia ofreció su inexperiencia como vendedora, con tal suerte que pronto se vio mercadeándolas. Entre semana, el almacén atendía hasta las 12 del día y reabría a las 2 p.m., pero Arcelia no iba a su casa sólo para no soportar la agobiante cantaleta que, no sin razón, María de Jesús le prodigaba a diario.

En la dinámica propia de ese ambiente de ventas, Arcelia se hizo amiga de otra vendedora, Rafaela, de un local cercano. Con ella medio almorzaba y pronto se hicieron confidencias. Estaban en situaciones similares, pues Rafaela también había sido expulsada de la normal de señoritas y perdió el año.   

Una mañana Rafaela le contó a Arcelia que un cura español, amigo de la familia, en medio de los vinos nocturnos en la sala de su casa comentó que precisaba de la ayuda de 2 maestras para atender cursos de educación básica primaria en la parte de los llanos de Boyacá, llamada Casanare.
-          ¿Y eso que tiene que ver con nosotras? -  Inquirió Arcelia.

-          Postulémonos - le dijo Rafaela, con los ojitos brillando de emoción – de pronto nos va bien.
-          Estás loca - dijo Arcelia - ¿Maestras de qué? Si nos echaron del colegio. Bueno al fin y al cabo usted se preparó como maestra, pero ¿y yo?

En medio de la desidia de la tarde, Rafaela logró convencerla y hasta animarla realmente; al otro día se pusieron sus más coloridos vestidos y antes de ir a sus respectivos almacenes, se vieron muy temprano tocando el aldabón de la casa cural. Epifanio Bastan, el cura, las cogió en el frio despacho.
-          Caramba, que yo me esperaba otras personas, pero ustedes no son más que un par de chavalas que no saben nada de la vida – dijo en cura en tosco acento español, cuando se enteró del propósito de las muchachitas.

El cura no daba crédito a su mala suerte, pues esperaba maestras con experiencia y curtidas en el manejo de chicos difíciles, pero sabía que el tiempo no era su aliado en ese momento.
-          Ustedes no irán a ningún lado a menos que tengan el respaldo y la compañía de un adulto – sentenció el cura - ¡Ustedes son menores de edad!

-          Yo puedo ir con mi mamá - replicó Arcelia sin pensar, comprometiendo a su inocente madre.
Su espíritu de vendedoras salió a flote, pues argumentaron todas las objeciones que interpuso el cura, al punto que las muchachas lograron convencerlo. Lo que no sabían era que reemplazarían a las profesoras que la violencia sacó corriendo hacía solo unos pocos meses, al término del año lectivo anterior.

Con el tiempo en contra, pues la temporada escolar casi comenzaba, el cura aceptó con cierto escepticismo. Arcelia corrió a pedir permiso a su madre y de paso invitarla a que fuera ella la chaperona mientras durara la estadía en Tauramena y además le ofrecían trabajo como cocinera del cura y el sacristán. En su interior Arcelia sabía que su madre aceptaría, pues significaría mejores ingresos y también aliviar el costo de la manutención, pues le ofrecían vivienda y alimentación. Pronto se vieron alistando lo necesario para emprender el viaje.

-          ¿Para dónde me dices que nos vamos Arcelia? – preguntó la cándida madre mientras pensaba cómo iban a hacer con Plutarco.

-          Tauramena, al otro lado de la cordillera – respondió Arcelia.

María de Jesús había oído que esa zona al otro lado de la cordillera, era aún más peligrosa por la contienda ideológica que existía entre cachiporros y chulavitas, como se llamaba despectivamente a las guerrillas seguidoras de liberales y conservadores, respectivamente y que desangraban el país. Pero decidió no predisponer a su hija y se tragó su preocupación.

Habló con la madre de un compañero del colegio de Plutarco y acordaron que el niño se quedaría allí con ellos mientras duraba el viaje a Tauramena que se preveía por lo menos de 1 año. María de Jesús se deshizo en agradecimientos hacia la familia que acogía al niño y mientras se despedían, las lágrimas rodaban por sus mejillas. Desde la puerta de su nueva casa, Plutarco veía descorazonado como su madre y su hermana lo dejaban bajo el cuidado de unos desconocidos, como quien deja un canasto a guardar.

Una amiga le facilitó a Arcelia ropa y zapatos para estar mejor presentada y solo unas horas después, junto con Rafaela, abordaron por primera vez en sus vidas una pequeña avioneta cuyos pasajes fueron pagados por el cura. 20 minutos más tarde, llegarían a Tauramena en una pista del ejército desde donde se divisaban los galpones en los que mantenían presos ilegalmente cientos de campesinos acusados de ser cachiporros (guerrilleros liberales) o al menos de auxiliar a sus simpatizantes.
En destartalado campero, fueron trasladadas a la sede donde vivirían: una vivienda de tapia pisada a media calle de la casa cural, en la que el polvo había anidado tras la huida del tiempo. La violencia dejó todo como quieto, en una tarde en la que la modorra tomó posesión del lugar. Estaba abandonada desde que los chulavitas (fuerzas irregulares conservadoras), con el beneplácito tácito del comandante de policía local, forzaron a sus habitantes a un recorrido interminable por el galpón que aglutinaba a decenas de hombres inocentes y otros más inocentes aún. De eso hacía ya 6 meses y la policía le había dado al cura posesión del predio para su usufructo. La violencia vivía su apogeo y eran tiempos de Rojas Pinilla.

Al otro día, muy temprano, el cura anunció por el parlante dirigido a los 4 puntos cardinales del pueblo que se abrían los cupos para que las madres registraran a sus hijos en la escuela primaria. Anunció con gran entusiasmo que el profesorado renovado y de espíritu juvenil ya estaba en el pueblo listo para impartir conocimiento.

Arcelia y Rafaela tuvieron 2 días para preparar sus clases. Desde operaciones básicas de matemáticas hasta los primeros trazos para que los alumnos aprendieran a garabatear su nombre. Las profesoras se tomaron confianza, después de todo, ¿qué podría salir mal? Son solo unos pequeñuelos que manejarían a su antojo.

El primer día de clases vieron hombres pero no niños. Los jayanes tomaron puesto de a 3 por mesa y miraban a las educadoras con aire entre respetuoso, escéptico y coqueto.

Arcelia y Rafaela casi se desmayan al ver a los muchachones todos mayores que ellas. Pensaban que los estudiantes eran niños menores de 10 años, pero en su lugar se encontraron con estos camajanes entrados en años. ¿Quién iba a pensar que estos hombrachos capaces de partir una ternera en 2 de un solo golpe eran completos iletrados? Pronto comprenderían que la guerra los tenía demasiado ocupados en menesteres no propios del mundo de la pedagogía. Bueno, no de la pedagogía académica, pero de si de la militar.

Durante 2 días, Arcelia había practicado la manera como le llevaría la mano a un niño en el tablero, practicando con la barra de cal los primeros trazos de las letras. No debe ser mayor problema. El rubor acentuó sus ya coloradas mejillas cuando se imaginó tomar la mano de semejantes hombres. Menuda muchacha de 1.60 de estatura y 45 kilos de peso no se iba a medir con hombres que la doblaban en masa. Su rechazo a la idea le duró exactamente el mismo tiempo en darse cuenta que por lo menos por ese año, no tenía regreso a Sogamoso.

Acostumbrada a la pedagogía férrea, Arcelia y Rafaela usaban métodos bastante ortodoxos para la época: la guadua era un elemento tan esencial como la tiza, el tablero y los pupitres. Siempre a la vista de los hombres, para disuadirlos de mal comportamiento, pero sin atreverse a usarlos. En cierta ocasión, Arcelia se salió de casillas por la grosería de un estudiante, se atrevió a levantar la guadua contra él y cuando la tenía en el aire el malnacido la detuvo justo antes de que cayera en su humanidad.

-          No se equivoque conmigo, profesora. Ni siquiera se atreva a levantarme la voz. Por mucho menos que eso 15 de mis enemigos miran para adentro.

Arcelia quedó helada, de una pieza. Justo cuando se estaba sintiendo con la confianza de pisar más fuerte respaldada por su condición de letrada y maestra, bajó de nuevo la guardia y el instinto le ordenó mantener la compostura ante los alumnos. No de otra manera llegaría a fin de año.


Tiempo de experimentar la docencia en Tauramena.


Al cabo de un año, con una condición económica más cómoda producto del trabajo de madre e hija, rechazaron continuar en la actividad y optaron por volver a Sogamoso. Rafaela, por su parte, congenió con un lugareño acomodado al punto de matrimonio, con lo cual decidió quedarse en los llanos. Una celebración de 3 días con cerveza, música y mamona fue suficiente para sellar la ceremonia religiosa. María de Jesús y Arcelia no asistieron al jolgorio pues tenían un hermano e hijo que recoger.

Con un abrazo que casi quiebra los huesos de un Plutarco mal alimentado, María de Jesús juró en silencio no volver a separar a ningún miembro de la familia mientras ella fuera la cabeza del hogar, aún ante la más dura situación económica que pudiera vivir.

La experiencia produjo en Arcelia una personalidad firme, aguerrida, a cumplir a cabalidad los compromisos que asumía. Estaba dispuesta a medírsele a lo que fuera con tal de lograr sus metas.  Fueron los tiempos en que Ulpiano  Gómez amigo de la familia de tiempos anteriores y que editaba una publicación periódica con noticias y algo de publicidad, la recibió a ella y su hermano de regreso a Sogamoso con trabajo en su taller limpiando uno a uno los tipos que se usaban en la publicación del día. Paralelamente, tuvo la oportunidad de trabajar en una notaría gestionando documentos, entrenarse escribiendo a máquina, a diligenciar recibos de consignación en bancos y todo esto sumado fue suficiente para que una influencia de Ulpiano se la llevara a trabajar en la Empresa de Servicios Públicos de la alcaldía municipal. Eso le dio un respiro a ella, su madre y su hermano, pues el sueldo era bueno, fijo y a término indefinido.


ÉL, EL INTRUSO

Los 3 miembros de la familia tuvieron días de relativa tranquilidad económica. Vivían en una casa semi-rural en alquiler en las afueras de Sogamoso y allí los días eran llevaderos y armoniosos Los pesos de la pensión de María de Jesús y el fruto del trabajo de Arcelia permitía que en la noche los 3 pudieran conciliar el sueño de manera rápida. Además, recibían del dueño de la parcela una botella de leche diaria, a cambio de fungir como vigías de la seguridad del predio, pues algunos cuatreros habían robado algunas reses y la situación era desesperante.

Una madrugada sabatina, el leve pero inconfundible sonido de un intruso intentando tomar el atajo prohibido, le anunció a María de Jesús que el momento indeseado había llegado. Saltó de la cama, levantó una de las hojas de la persiana y con sus ojos, entre somnolientos y sorprendidos, atisbó una torpe figura avanzando en zigzag en la penumbra de la fría madrugada boyacense.

De inmediato prendió la luz y ganándole la lucha al pánico, se las arregló para sacar de debajo de la cama el molinillo y la olla que durante semanas tenía preparados en caso de presencia del ladrón. A pesar de la niebla y de la poca luz de la luna, la matrona logró identificar la presencia del infractor merodeando torpemente entre el ganado. Molinillo en mano y con la garganta enredada por los nervios, golpeteó sin descanso la olla, gritando con desespero como justificando la leche consumida durante meses:

-          ¡Ladrón, ladrón, Dios te guarde de la tunda que te vamos a dar entre todos! - vociferó sin convicción buscando en vano el respaldo de sus jóvenes e inofensivos hijos.

Con el primer berrido, Arcelia y Plutarco, saltaron en la cama. Tanta fue la alharaca que lo propio hizo Ariosto desde el más allá. Afuera el fulano, en su borrachera, no daba crédito a la injuria de que era objeto y que ponía en duda su reputación. Mal aconsejado por el alcohol, tomó la decisión de cortar camino desde el sitio de farra con sus amigos, hasta la pensión que quedaba al otro lado de la calle donde vivía solo, ingresando en territorio vacuno rondado por la fantasiosa mujer que, no sin razón, vio en él a un vulgar ladrón. 

La molestia que le provocó aquella bochornosa situación lo llenó de ira, pero la juma y el barro en que estaba atascado le dificultó mucho reponerse. María de Jesús seguía adelante con el revoloteo intentando asustar al intruso pero este, más decidido que cuerdo, caminaba hacia la casa para poner orden a su buen nombre. Dentro de la habitación, Arcelia veía como aquella figura de torpe andar se acercaba a la ventana para conocer a la autora de tan infames insultos. En un momento dado, Luis, el intruso y Arcelia, la curiosa, cruzaron por primera vez la mirada que habrían de repetir infinidad de veces en sus vidas durante los casi 53 años que estuvieron casados.

Al instante, el intruso fue identificado por María de Jesús. Era uno de los evangélicos como los llamaban el pueblo, aunque el mismo Luis Prieto había declarado abiertamente no serlo. Desde los once años, edad en la que su madre, Dolores, lo dejó solo en el mundo tras su muerte, Luis vivió constantemente con el familiar más cercano que tuviera a la mano. Su padre, José Luis, optó por acompañarlo a la distancia a lo largo de su vida lo cual generaría en Prieto una sensación de soledad y abandono. Muchos años después, la vida le daría la oportunidad de perdonar con nobleza la ausencia de su padre, cuando José Luis se acercaba ya al final de sus días.

Largas temporadas entre Bogotá y Sogamoso vivió Luis con sus tías Josefina y Olga e igualmente con los primos de su padre, los evangélicos Rafael, Octavio y Eduardo Moreno Hernández. Justamente por andar con ellos fue que, gratuitamente, se ganó el apodo de “evangélico”. Octavio en particular, durante su estadía en los Estados Unidos en los años 40 y 50, obtuvo el título de Pastor después de prolongadas noches hilvanando y deshilvanando parábolas, salmos y enseñanzas bíblicas y practicando incompresibles sesiones de exégesis y hermenéutica bíblica. Se sintió con la obligación espiritual de abrirle los ojos a sus paisanos y a mediados de los años 50 regresó a instalar el reino de los cielos en medio de la tierra fría de Sogamoso en inmediaciones del colegio Americano. La primera iglesia evangélica de Sogamoso se debió a los esfuerzos de Octavio Moreno.

-          Los hermanos separados han llegado a Sogamoso” – anunció con desdén el cura desde el púlpito de la iglesia católica – “con ellos no vale la pena ni gastar un saludo”.

La frase lapidaria fue suficiente para que el resto del pueblo volteara la mirada cuando los Moreno aparecían por la plaza de Sogamoso. Rodeado de este ambiente de prejuicios creció Luis. En su interior pensó que si él tenía que ser de alguna religión sería de la católica, pero el pueblo no lo pensaba así.

-          Si vives con Evangélicos, hablas con evangélicos, comes con evangélicos, ¿qué más puedes ser sino un evangélico? – razonaba el pueblo con respecto a Luis.

A él, el tema no le generaba inquietud alguna. Una vez consiguió trabajo, abandonó el hogar de sus benefactores por años y se fue a vivir solo en la pensión del costado sur de la plaza de Sogamoso.

Gracias a influencias de los hermanos Moreno Hernández, Luís trabajaba en la Empresa Siderúrgica Nacional Paz del Río, en el vecino municipio de Belencito. Todos los días, llegando del trabajo, Luis bajaba del tren y tenía que pasar por el frente de la casa de Arcelia, pero a partir del bochornoso accidente, las miradas furtivas de parte de Luis hacia el interior de la casa se hicieron cada vez menos desprevenidas y en la misma medida, María de Jesús y Arcelia buscaban evitar cualquier tipo de encuentro por el temor que tenían de ser demandadas por injuria y calumnia, sin contar con la inmensa vergüenza por la equivocación. No ocurrió lo mismo con Plutarco quien, desprovisto de prejuicios, se paseaba por los alrededores en su bicicleta cruzándose innumerables veces con Luis. Después de muchos encuentros, terminaron saludándose con afabilidad al punto que un día Arcelia vio a Plutarco leyendo el periódico que usualmente llevaba Luis debajo del brazo, mientras Luis paseaba en la bicicleta de Plutarco.

-          Vean a estos dos, – pensó Arcelia para sus adentros – ahora resultaron amigotes, mientras nosotras pagamos escondederos para sacarle el cuerpo.

A Luis poco le interesaba la bicicleta de Plutarco. Su finalidad era acercarse más a la familia, al parecer hipnotizado todavía por la mirada que le fue propinada esa noche a través de las hojas de las persianas.

Por esos días Arcelia tuvo la posibilidad de cumplir uno de sus sueños y era el de instalar una tienda para que su madre pudiera generar más entradas económicas además de las que ya generaba ella misma en la empresa de servicios públicos. En la tienda, además de elementos básicos de consumo diario, se ofrecía tinto, café y aromáticas cultivadas en la parte trasera de la casa. La excusa del tinto vespertino en la tienda de Maria de Jesús, era perfecta para adentrarse físicamente en terrenos de la familia Santos y Luis no la desperdició.

Invariablemente, Luis llegaba con sus amigotes mexicanos, italianos y españoles compañeros de trabajo en Paz del Rio y se daban unas dosis legendarias de café inéditas hasta el momento solo con el pretexto de hacer tiempo para que por la puerta apareciera Arcelia precedida del aura que Luis creía ver cuando ella se acercaba. En sus años maduros, Luis llegó a culpar de su tardío insomnio a esa cantidad de tinto consumido en años mozos. Por su parte, Arcelia se peleaba con su propia madre para evitar atender a Prieto. Llegó incluso a solicitar cambio de entrada y salida de su trabajo habitual en las Empresas Públicas de Sogamoso para no tener que toparse con Luis.

Corría en ese momento el mes de noviembre del año 1957, 3 años después de que Rojas Pinilla, en su política de modernización del Estado, tuvo la, para ese entonces, novedosa idea de otorgar a la mujer el estatus de ciudadana y por tanto ejercer el derecho a votar.  Y no solo eso, la mujer tenía, además, el deber de desempeñar como jurado de mesas de votación y Arcelia, al ser empelada pública fue pionera en el tema.

La cita en urnas tenía realmente la intención de refrendar mediante plebiscito el acuerdo del Frente Nacional pactado entre los partidos Liberal y Conservador, buscando la alternancia del poder durante los siguientes 16 años, como mecanismo para dar por terminada la época de la violencia. Nadie podría siquiera imaginar que, a la larga, esa decisión traería más violencia aún a nuestro país por discriminatoria de otras vertientes políticas.

Conocedora de la importancia de ese domingo 1 de diciembre de 1957, Arcelia vistió nuevas galas. Intuía un gran cambio, sin imaginar que el mayor cambio sería para ella misma. Muy temprano, camino al punto de votación, Arcelia repasaba de memoria todo lo que tenía que hacer como jurado de votación. La jornada transcurrió sin novedades en Sogamoso.

Hacia el mediodía, en un descanso para almorzar, Arcelia se apartó a una zona verde aledaña al recinto de votación. Todavía no sabe si fue el azar o un seguimiento deliberado, pero pronto se encontró frente a frente con Luis, ahora sin persianas de por medio.

-          Señor, ¿ya votó? - fue todo lo que atinó a preguntar la nerviosa Arcelia, sacando arrestos no sabe de dónde.

-          – contestó Luis con voz seca, disimulando a su vez su nerviosismo con algo de altanería.

Los amigotes de Luis interrumpieron la nutrida conversación y se lo llevaron para que Arcelia pudiera almorzar con la tranquilidad que le daba haberlo podido enfrentar. 4 horas después se daría el cierre de las urnas y Arcelia se iría a misa dominical al templo del Voto Nacional.

A la salida de la misa divisó a Luís en una droguería, mal simulando un encuentro casual con Arcelia.
-          Cómo le fue en la mesa de votaciones – Preguntó Luis rompiendo el témpano de hielo.

-          Bien – contestó Arcelia.

-     Camine, esperemos los resultados en una cafetería – mintió Luis, a sabiendas que los resultados se conocerían al día siguiente – además, hace mucho frío.

Creyendo que si le aceptaba la invitación se lo quitaría de encima, Arcelia aceptó la dosis de tinto y bizcocho. Al llegar a casa, le contó lo sucedido a su mamá y María de Jesús comenzó a perderle el miedo. El lunes siguiente a las votaciones, se vivía un ambiente de fiesta, pues los partidos tradicionales lograron su propósito y eso de nuevo era una excusa para un encuentro en la tienda. A partir de ese momento las visitas fueron más continuas y con menos hielo de por medio.

-          Bueno, y esa visitadera del evangélico ¿qué significa? – reclamó María de Jesús a su hija – no me vaya a salir con cuentos raros. Mire que usted se merece un tipo como el hijo del dueño de la pensión en que vivimos

Arcelia lo tomó como un mal chiste, pues el fulano al que se refería era un langaruto flaco y feo al que se le veía más pasado que futuro.

-          Estás no son sus épocas mamá – le respondió Arcelia exponiéndose a un bofetón.

Un día, escudándose en la insipiente confianza que ya tenía en casa de los Rojas, Luis invitó a Arcelia a la vecina población de Iza, famosa desde siempre por sus saludables aguas termales. La idea era pasar un día de paseo con la anuencia de Plutarco, mas no con la de su madre. El langaruto del hijo del dueño de la casa ya había envenenado a María de Jesús poniéndola en sobre aviso acerca de lo sucedido.

Arcelia llegó a casa en medio de un aguacero monumental, que en nada disminuyó el placer que le había ocasionado el paseo. Habían visitado el cementerio, almorzaron, fueron a piscina termal y regresaron a Sogamoso. Luis le confesó que su simpatía para con ella crecía cada día más y ella mentalmente pensó que era correspondido, pero el pudor le impidió hacérselo saber.

Las palabras de Luis todavía revoloteaban en la cabeza de Arcelia cuando recibió el primer garrotazo que María de Jesús le propinó por haberse escapado sin su permiso, sin embargo, el encanto en que flotaba Arcelia anestesió por completo el golpe asestado. No ocurrió lo mismo con Plutarco quien, por alcahueta, recibió numerosos golpes que dejaron al instante hilos de sangre en su cabeza.

Muchos años después, la misma Arcelia aseguraría ver en Andrés, el menor de sus hijos, la viva estampa de Luis el día que le confesó sus afectos en Iza: un muchachón alto, moreno, chusco, con ojos entre azules y verdes.

Pocos días más adelante, por cuestiones del azar o el destino si es que realmente existe, las vacaciones laborales de Luis y Arcelia sincronizaron. Arcelia tenía la intención de ir a Bogotá a conocer la capital y Luis, en un alarde de citizen of the world, se ofreció de guía en una ciudad que, en buena parte, conocía bastante bien. Arcelia le lanzó una mirada de “usted está loco”, con la esperanza que emanara una propuesta que pudiera hacer realidad la anterior. Y Luis, sin saber cómo, tuvo la respuesta inmediata.

-          ¡Casémonos!

Así se impulsivo era Luis. Así de confiada  era Arcelia.

La cara de Arcelia tuvo una mezcla de sorpresa, satisfacción, felicidad, bien disimulada por la incredulidad. Intentó poner orden a las ideas recordando que no eran más que un par de mozalbetes de 20 años cada uno:

-          ¿Ah sí? Y se puede saber ¿dónde vamos a vivir, caballero?

Como si le hubiese sido revelado de un momento a otro, Luis lo planteó.

-       En cualquier parte menos donde su mamá, porque si nos vamos a allá, nunca vamos a comprar ni una silla.

En seguida recordó que la señora que le lavaba la ropa había acondicionado un espacio detrás de su casa y que de momento, podrían vivir allí. Posteriormente podrían pasarse a vivir a… bla, bla, bla… las palabras de Luis se fueron diluyendo, Arcelia ya no las oía, solo veía a un hombre sacando respuestas a cuanta pregunta tuviera, solucionando cada inconveniente y lo que le terminó de enamorar fue la seguridad con que lo hacía.

Cuando terminó de hablar, Luis tenía solucionada la vida hasta enero del año 2011, pero Arcelia solo lo escuchó hasta octubre de 1958, embebida como estaba de su verborrea.

Al día siguiente al finalizar la tarde, Luis, cuidadoso de las buenas costumbres, se presentó en la tienda de María de Jesús con la más solemne pinta que pudo ubicar en su armario. Formalmente escoltado por los hermanos Moreno Hernández, liderado por Octavio, entró con mucha seguridad al establecimiento. Al ver al “evangélico”, un par de clientes se santiguaron a manera de agüero y procedieron a desalojar la tienda, cosa que no le gustó nada a la matrona.

-          Una cosa es que venga un evangélico todos los días, pero que vengan 4? Tiene que ser una prueba de Dios. – pensó.

Maria de Jesús los recibió con una sonrisa fingida pero verosímil.

-          ¿Qué se les ofrece?

Luís sintió que debía hablar, pero se había olvidado por completo del discurso que tenía preparado. Para no hacer quedar mal a la familia, Octavio asumió la vocería.

-          La bendición de Dios sea con todos los que habitan esta casa - evangelizó Octavio para no perder la costumbre - ¿Tiene usted unos minutos para conversar con estos servidores?

Maria de Jesús llamó a Plutarco para que se hiciera cargo de la tienda mientras ella conversaba con los visitantes en una mesa de la mitad del salón.

-          Y por favor, llame usted también a la señorita Arcelia si es tan amable, sé porqué se lo digo.

Arcelia llegó perfectamente acicalada y se sorprendió gratamente de ver a su visitante. Se sentó en la última silla disponible entre su madre y Luis, según ya habían planeado Rafael y Eduardo, los otros 2 Moreno.

Recordando el libreto preparado en la mañana, Luis fue al grano:

-          Señora, vengo formalmente a solicitar a la señorita Arcelia en matrimonio – dijo Luís - Lo hemos conversado y los dos estamos de acuerdo.

En medio del tartamudeo repentino de Luis, María de Jesús volteó la cabeza en cámara lenta hacia Arcelia.

-          ¿Eso es cierto Arcelia? ¿Ya los tenían decidido?

La cara de incredulidad de María de Jesús no combinaba con el ataque súbito de risa nerviosa que espontáneamente se le vino a Arcelia. Una risita que fue aumentando en crescendo hasta anular la música de la tienda. Arcelia no podía parar de reír y los hermanos Moreno se miraban sorprendidos sin saber cómo reaccionar ante ella. La risueña se paró de la mesa trajo galletas y vino e invitó a su madre a brindar y la risa no la dejaba modular palabra.

A María de Jesús le terminó gustando la personalidad de Luis a pesar de su juventud y finalmente accedió a las pretensiones del mozo. Pasaron solo 7 meses desde que fríamente hablaron por primera vez y ya estaban brindando por una relación duradera. El acuerdo se selló con un beso y un nuevo brindis, pero Arcelia seguía preguntándose de qué iban a vivir.

A partir de ese momento Luis decidió todo lo que se iba a hacer con respecto de la boda. Por su iniciativa, en el transcurso de un par de semanas apartaron una pequeña vivienda de 2 habitaciones en alquiler, fiaron cama en el almacén de Patricio Pérez, compraron plancha, colchón, cubrelecho, cobijas y ollas y después de pagar $20 pesos, quedaron en planilla de la casa cural para contraer matrimonio el viernes 13 de junio de 1958, día del vigésimo cumpleaños de Luis.

Arcelia se sorprendía porque todo salía sin esfuerzo. Elvira, su amiga de los juzgados fue su madrina y como tal se encargó del vestido y de la recepción. La boda era a las 8:00 am y estuvieron planchando el vestido hasta la media noche: El cansancio les ganó y se vinieron a levantar a las 8:30 cuando la ceremonia debía ir al menos por mitad. Asustadas, corrieron a arreglarse rápidamente y hacia las 9:30 salieron orondas hacia la iglesia. Maria de Jesús y Plutarco vistieron sus mejores galas y en el altar Luís y su abuela Catalina, estaban perplejos por la demora. 


Día de boda de Arcelia


A las 3 de la tarde comenzó la luna de miel con un viaje que los llevó a Bogotá y Girardot, siempre en compañía de Pedro, el esposo de la tía Josefina. El viaje le abrió el mundo mental a Arcelia y decidió que en el futuro viviría en Bogotá. Por lo pronto, los dos volverían a Sogamoso a seguir adelante en sus trabajos.

Por esos días y debido a influencias de José Luis, su padre y Pedro, su tío político, Luis Prieto comenzó labores en los Ferrocarriles Nacionales. Eso le permitía viajar constantemente y conocer otras partes del departamento y del país. Trabajaron durante muchos años, enfrentando todas las situaciones posibles para que ellos y sus hijos tuvieran un futuro digno.

La intención de Luis y Arcelia de vivir en Bogotá se cumplió después del nacimiento de sus 6 hijos en Sogamoso: Héctor Manuel (1959), Maria Cristina (1960), Constanza (1962), María del Pilar (1965), Amparo (1969) y Luis Andrés (1973).

Cansado de obrar como empleado, Luis renunció a su trabajo y con la liquidación compró un bus, lo afilió a una empresa intermunicipal y con recorridos interminables entre poblaciones de Boyacá y Cundinamarca, afianzó el mantenimiento de la familia. Con el pequeño Andrés aún en brazos, la familia se trasladó a Bogotá, donde Arcelia trabajó muchos años tanto en casa como en el negocio de distribución a granel de líquidos combustibles.

***

Luis acompañó a Arcelia en el viaje en esta dimensión hasta el 25 de enero de 2011. Por herencia de su padre José Luis Ramírez y su abuelo paterno Manuel Antonio Ramírez, la genética había deparado que una afectación cardíaca cortara las aspiraciones de seguir viviendo experiencias conjuntamente.



Años después, en 2017, durante la celebración de su cumpleaños número 80, entre porros, cumbias y rancheras, Arcelia no pudo evitar hacer un recorrido de lo que fue su vida hasta ese momento. Rodeada de hijos, nietos, familiares y amigos, caminaba orgullosa de llevar adelante una vida digna, sencilla, con las grandes satisfacciones que lleva el tener muchísimos medianos y pequeños triunfos. Como le solía decir Luis, a estas alturas de la vida, lo bailado no se lo quita nadie y la satisfacción de haber sido protagonista fundamental de la formación de su familia, le permite llevar su frente en alto. 

Al fin y al cabo, ese fue el papel que ella eligió para su vida. 


Familia Prieto Rojas

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